¿HAY DESTINO PARA UNA SOCIEDAD ENVILECIDA?

Argentina se ha entregado al populismo con un entusiasmo que anuncia sin demasiado esfuerzo el final de nuestra historia como nación.

Todos los mecanismos que una sociedad debe darse para poder llamarse comunidad organizada están envilecidos en el país. Sin justicia, sin política, sin debate y sin ideas es imposible salir de la crisis en la que recurrentemente hemos caído.

Como la mayoría de la población latinoamericana nos hemos entregado en los brazos del populismo, aún sabiendo al observar sus reiterados fracasos que nada bueno puede aportar al desarrollo de las naciones. Ocurre que la promesa de mucho con poco esfuerzo ha tenido sobre nosotros un poder de seducción que nos entrampa y también nos define.

Sabemos que nos mienten, que nos usan y que nos consideran una manada de imbéciles fácil de manejar. Y sin embargo dejamos que así nos consideren porque en la solapada afectación de nuestra eterna lealtad puede estar el premio de alguna dádiva que nos permita aquello que más nos apasiona como conjunto: vivir sin trabajar y soñar con eternas grandezas que vendrán, aunque nunca lleguen.

Hoy, cuando hasta los homicidios son «resueltos» de acuerdo a las necesidades del poder y cuando la sociedad perece envenenada frente a la droga, el hambre y los balazos, seguimos siendo los mismos patéticos zombies de la inmoralidad que sólo miran, hablan y acompañan los desmanes de la clase dirigente.

No hay Constitución si no hay sociedad que la tome como su ADN, no hay ley si no existe una comunidad dispuesta a dejar la vida por su cumplimiento y no hay futuro si un pueblo resuelve dejarlo en manos de unos pocos.

No hay nación si no hay una comunidad de intereses y principios irrenunciables.

Por todo ello tenemos que aceptar que la Argentina no tiene futuro y que el mañana está irreversiblemente perdido.

Sólo la seguridad de tener los bienes naturales que el mundo necesita nos permite suponer que esta vida miserable como nación no se va a mantener por toda la eternidad.

Porque cuando el mundo necesite agua, energía y alimentos -y los necesite en serio- podrá prescindir de la Argentina pero no de sus riquezas.

Y tristemente esclavizados, vaya a saber anexados a quien o rebautizados como, estaremos por fin en el miserable lugar que supimos conseguir tras más de dos siglos de miserias.

(Nota de la Redacción): Enojarse por lo que aquí decimos es reconocer que tenemos razón.