Hernán Mourelle: el hombre que dinamitó el gobierno de Arroyo

Por Adrián FreijoNo son especulaciones, solo datos puntuales. El funcionario llegado de Lanús trabajó incansablemente para demoler día a día la gestión de un intendente al que quiso aislar y suceder. 

Cuando se supo de la llegada de Hernán Mourelle a Mar del Plata para hacerse cargo del manejo de las finanzas municipales nadie dudó que se trataba de otro intento de María Eugenia Vidal por apropiarse del destino de una administración en la que ya no confiaba y con la que los cortocircuitos se habían convertido en pan de todos los días. Ya lo había intentado Mauricio Macri, lo había acompañado Horacio Rodríguez Larreta y parecía llegado el momento en el que la gobernadora resolviese jugar a fondo.

Pero no contaba con datos de la realidad que no pasaban desapercibidos para quienes estamos acostumbrados a mirar el escenario con más condimentos que la linealidad de los gurúes post modernos y la visión sesgada de los tecnócratas: Arroyo representa la anti política y el enviado no parecía reunir ninguno de los requisitos de prudencia y perspectiva necesarios para lidiar con este tipo de personajes.

Y no corrió mucha agua bajo el puente antes que el enviado mostrase la hilacha. Cultor de las embestidas sin criterio, enamorado de su propia persona hasta el borde de la megalomanía, desconocedor del territorio en el que se movía y poco dispuesto a tomarse el tiempo necesario para comprenderlo, Mourelle creyó que su alta exposición lo convertía en figura central de la política lugareña.

Nunca comprendió la diferencia entre ser un personaje destacado o tristemente célebre. Alguien debió recordarle que Ernesto Sábato, René Favaloro o Lionel Messi supieron ocupar la portada de los principales diarios, pero Robledo Puch también…y esa es la diferencia entre una y otra categoría.

Lo cierto es que lanzado a rendir la plaza, el hombre que se regodea con el seudónimo de «Látigo» creyó que dominar al jefe comunal era el camino más corto para lograr sus objetivos. Y que para ello era menester dinamitar la relación de Arroyo con su círculo más cercano, convertir el gabinete en un escenario de las peores intrigas palaciegas, aislar al intendente y convencerlo que él, y solo él, podía asegurar que la gestión emergiese como sólida, ordenada y capaz de entrar en la historia como la que cambió la lógica de decadencia que caracteriza a Mar del Plata desde hace décadas.

En el paroxismo de sus delirios eligió el camino del enfrentamiento sin destino y sin margen de acuerdo o resolución.

Denostó a los empresarios locales, descalificó a los trabajadores municipales, la emprendió contra los docentes, persiguió a los cultos religiosos, enfrentó al Concejo Deliberante, maltrató al periodismo, espantó a los aliados políticos de Cambiemos, agravió a la gobernadora y a sus funcionarios, quiso convencer al propio intendente que debía dejar de confiar en su hijo Guillermo -que aún limitado por su intempestivo carácter concentró todos sus esfuerzos en custodiar y resguardar la figura paterna- y lo que es peor, lo embarcó en aventuras judiciales que bien sabía que tenían destino incierto y que podían acarrearle dolores de cabeza en el futuro.

Todo era válido para asegurar su rol protagónico, todo era útil para abonar sus sueños de grandeza. Y tanto fue el delirio que en el final del recorrido busca ahora acercarse a quien pueda acompañarlo en la disparatada idea de una continuidad que no parece sostenerse en lógica alguna.

Y todo sin dejar algún resquicio para recomponer las relaciones deterioradas o para hacer aquello que le da el sentido mismo a la política, instrumento natural del carácter gregario del ser humano: acordar buscando espacios comunes en los que se sumen las concordancias y se posterguen para mejor ocasión las discordancias.

Tras los catastróficos resultados electorales de las PASO Mourelle parece dudar entre avanzar en su frenética carrera hacia el abismo o hacer un elegante mutis por el foro en búsqueda de nuevos escenarios para sus ambiciones plasmadas en combate perpetuo. Pero cualquiera sea su destino, el objetivo de supeditar a Arroyo a sus apetencias personales ya está logrado.

Abusó del dogmatismo de un hombre que no supo comprender que cuando un funcionario es juzgado por los ciudadanos que gobierna, la sola expresión de la honestidad no alcanza. La eficiencia, la comunicación con los vecinos, la demostración de capacidad para construir puentes y no vivir dinamitando lazos, la presencia de la moderación, la mano abierta a los acuerdos y la sensibilidad para percibir las verdaderas necesidades de la gente, son valores que el hombre común demanda de aquellos a los que elige para administrar los bienes comunes.

Pero poco de estas cosas le importaban a Hernán Mourelle. Un día se convenció de que Mar del Plata era el escenario para salir de su destino de mediocridad y allí fue, sin importarle a quien dañaba, a descargar vaya uno a saber que frustraciones personales en sus sueños de poder y grandeza.

Es claro que fracasó, pero en su caída arrastró a quien le dio apoyo, confianza y supo jugarse por él en los momentos más difíciles.

Si es verdad que «Roma no paga traidores» seguramente a Hernán Mourelle nadie le gritará en el futuro el soñado «Ave César»