La Argentina, su moneda y la recurrencia en el error

Por Fernando V. Alfonso – En ochenta años el sueño de la economía pujante, se desilachó en cuatro cambios de denominación, y la quita de trece ceros que acompañó el proceso.

Fernando V. Alfonso

El Banco Central de la República Argentina, se creó en el año 1935. Junto con él, surgió una nueva moneda: El peso moneda nacional, para ser medida de valor, medio de transacciones, resguardo de valor, en fin dinero de curso legal y forzoso en la República Argentina.

En escasos ochenta años el sueño virtuoso de aquella economía pujante, se desilachó en cuatro cambios de denominaciones, y la módica quita de trece ceros que acompañó el proceso.

Para que usted tenga un indicio de la magnitud del desastre, le informo que si hoy quisieramos expresar el tipo de cambio de un dólar americano en los pesos fundacionales, el mismo debería ser: m$n 205.000.000.000.000.- por cada dólar. Para que no desgaste su cerebro en este galimatías aritmético, se lo traduzco: Harían falta docientos cinco billones de pesos moneda nacional por una unidad de dólar americano.

Gracias a la noble gestión de nuestros gobernantes, quienes con sus eficientes cambios en las denominaciones de nuestra moneda, hoy nos permiten expresar esa relación en tan sólo $ 20,50/u$s 1, podemos disfrutar de toda una ganga de la magia económica…

Esta destrucción de la moneda argentina, tiene un nombre: Inflación. Esta patología absurda, parece ser una de las características que nos definen como Nación. Un ejemplo próximo: El actual gobierno se presenta como una superación de los aberrantes desvaríos del anterior, pero en materia de inflación empata con su antecesor. La inflación media de ambas gestiones no puede alejarse de un un 20 o 25 por ciento anual, y nuestra cultura lo acepta con resignación franciscana.

¿Qué subyace en el fenómeno?, ¿Cuál es la constante que los gobiernos no logran despejar?. No existe la menor de las dudas en la respuesta: El elefantiásico gasto público del gobierno, para el cual no existen formas de financiarlo, al menos en todas las que se han intentado. Entonces la conclusión es patética: Los gobiernos argentinos, sea quien sea el gobernante, no pueden abordar el problema.

Y el problema se ha vuelto estructural. Todos somos parte del problema. Si usted se dedica a observar los conflictos en nuestra sociedad, pronto encontrará el hilo común. Sindicalistas, piqueteros, empresarios, líderes de todas las condiciones, terminan en la ventanilla del gobierno, reclamando….más gasto público para solucionar sus incordios, y a codazo limpio reclaman más nafta para apagar los incendios.

Sabiendo que las herramientas para financiar esos incrementos del gasto público, tales como impuestos o créditos, ya están el el límite de lo racional, empujamos a los gobernantes a la peor de las decisiones: monetizar el déficit para seguir con nuestra compañera de vida, la inflación.

¿Cuantos cambios en la denominación del dinero legal deberán esperar las futuras generaciones de argentinos?, ¿Cuantos ceros habrá que quitar al peso, para facilitarnos las cuentas?, ¿Cuando llegará el fin de la historia en nuestra Patria?.

A todos los fanáticos de la soberanía económica, les recuerdo que justamente una de las expresiones más justas y necesarias para vivir en un país soberano, es tener moneda.

Dedico esta columna, a la memoria de Stephen Hawking, el último Genio de la humanidad.