La balsa de los sicópatas

(Escribe Adrián Freijo)Mienten pero se convencen de que dicen la verdad; usan a la gente pero creen que le están haciendo un favor. Los sicópatas se adueñaron del país y de nosotros.

Escuchando a Luciano Timerman, Director Provincial de Defensa Civil, sosteniendo ante la prensa que ya no llueve en la provicnia, que las aguas bajan y que todo está bajo control nos hizo reflexionar acerca de una realidad que ya no puede ocultarse y que pasa por la psicopatía de nuestra clase política.

Cuando uno escucha mentir a nuestros dirigentes -algo que pasa 24 horas por día los 365 días del año- tiene a creer que son unos caraduras o que creen que nosotros somos estúpidos.Grave error,no se trata de una cosa ni de la otra.

Sucede simplemente que ellos creen en lo que están diciendo, aunque al momento de elaborar la idea también supiesen que están mintinedo.

Es tanta la necesidad de engañar, de falsear, de estafar intelectualmente al otro para avanzar en la vida política y tanta la de aceptar cerrar los ojos y clausurar los oídos para ganar la confianza del poderoso, que los que logran sobresalir lo hacen venciendo todos los escrúpulos morales o generando barreras defensivas que les permitan convencerse de que lo que están haciendo de miserable tiene en sí mismo el valor de un objetivo mayor a lograr.

Tal vez por eso, y como norma general, convirtieron a la actividad en una expresión mentirosa del contenido moral de El Príncipe de Maquiavelo, al que todos usan como plataforma pero nadie se preocupa en entender.

Son entonces perversos en el momento de resolver que están dispuestos a superar cualquier barrera ética para llegar al poder, pero pasan a ser enfermos psiquiátricos cuando, ya en carrera, mienten groseramente pero se convencen a sí mismos que no lo hacen.

Alguna vez la sociedad entenderá que la única receta capaz de curar esa enfermedad se llama instituciones. Que sólo la construcción de leyes y límites que estén por encima de las personas serán el dique de contención de esta inagotable capacidad del hombre de engañarse a si mismo para justificar lo injustificable.

Porque el podio de los psicópatas pueden encarnarlo Napoleón, Hitler, Stalin o tanto dictador latinoamericano. Pero el nebuloso Olimpo en el que habitan también está ocupado por tanto mentiroso vernáculo que poniendo la carita que le dicen sus asesores y repitiendo un libreto que le sugieren las encuestas se apropia de la voluntad de la gente para usarla en su propio beneficio.

A veces el objetivo puede ser convertirse en amo del mundo; pero también se puede querer resolver que las aguas bajaron, ya no llueve y todo está bajo control.

Algo así como «después de mi, el diluvio».