La carta de un periodista santacruceño que desnuda a Fabián Gutierrez

Pablo Beecher, periodista de Lu12 AM 680 Radio Río Gallegos, contó parte de su historia en una carta que se hizo viral. «La corrupción mata directa o indirectamente», dijo.

«Conocí a Fabián Gutiérrez cuando era muy chico. Yo tenía 12, 13 años. El era algunos años menor. Iba seguido a la casa de la familia Puig porque Marcos era mi amigo, en calle Malaspina. Los chicos del barrio, todos más grandes, no dejaban que los más chicos se sumaran, típico. Cuando él salía a la vereda, algunos lo retaban para que volviera a entrar. Como me parecía injusto, no participaba de eso, me acercaba y lo saludaba. Y así nos saludamos durante años, cada tanto, como sucede cuando uno se cruza en la calle a un conocido.

En 1996, cuando volví recibido de la Universidad, fui a Casa de Gobierno a pedir una entrevista con el gobernador porque existe una ley que garantiza un empleo para los profesionales de Santa Cruz que buscan su primer trabajo.

Me recibió él, Fabián, como secretario privado de Néstor Kirchner. Le comenté que anhelaba agendar una reunión y me dijo que le dejara el curríiculum, iban a avisarme. Me llamó poderosamente la atención que se sentara en el sillón del gobernador. En fin… Nunca me llamaron, luego conseguí otro trabajo y la vida siguió adelante.

Unos años después lo veíamos como secretario de Cristina, ya en Buenos Aires, con un nivel de vida y negocios desproporcionados con respecto al ingreso normal de un secretario raso, que proviene de una familia sencilla y con apenas el secundario finalizado.

Desde ese momento volvimos a cruzarnos muy raras veces, intentaba saludarme, pero yo prefería ignorarlo. Desprecio la corrupción y desprecio a este tipo de sujetos. Es más fuerte que yo.

Más adelante se desvinculó de su labor pública en Presidencia y ya comenzaba a ostentar su extraordinario buen pasar económico, siempre desproporcionado, con inversiones imposibles de justificar en todo sentido, locales, hoteles, concesionarias. Asomaban las primeras denuncias por enriquecimiento ilícito e informes televisivos. Mi desprecio, como imaginarán, era aún mayor.

Un día, de paseo por El Calafate, visité con amigos un local nuevo de muebles modernos y antiguos. Había una vieja caja fuerte en perfecto estado. Pregunté por ella y la propietaria me dijo: “Está reservada. No puedo venderla. Fabián”. Mi ingenuidad me llevó a este comentario: “Evidentemente entre clientes no distinguís uno corrupto de otro que no lo es”. Y su respuesta, contundente, explica lo que ya era nuestra nueva idiosincrasia: “Es un muy buen cliente”. No había más nada que decir.

Me alegré mucho cuando a raíz de la causa “Cuadernos” Fabián se vio obligado a confesar lo que sabía, además de su complicidad en múltiples actos de corrupción. Al mismo tiempo me daba lástima.
Cuando supe del triste y trágico final el viernes por la noche vinieron a mi memoria todos estos recuerdos.

La familia nos pidió “respeto, empatía y paz” a los medios de comunicación. Los respeto mucho. Imagino el dolor que están atravesando. Entonces yo también voy a pedirles algo, una sola cosa: sensatez. No los conozco. No soy juez, tampoco moralista, simplemente como ciudadano de Santa Cruz…Sólo algunos interrogantes: ¿nunca les llamó la atención el crecimiento desmedido, grosero, de su ser querido?; ¿no cuestionaron el origen de tanto dinero fácil para un secretario raso? Si no lo hicieron y disfrutaron de esa bonanza artificial, fueron cómplices desde el primer momento. Tan sencillo como esto.

Ahora es el momento de las especulaciones políticas. Es muy probable que el móvil no sea político. Lo confirmará la investigación. Una trama de drogas y relaciones peligrosas, pero hay algo cierto también: La corrupción mata.

A Fabián lo corrompieron sus superiores y pares. Fabián además eligió corromperse y su entorno más íntimo acompañó esa decisión por beneficio propio. Esta es la hipocresía de buena parte de nuestra sociedad.

Ojalá ese niño que salía a la vereda a jugar hubiera tenido otra suerte.

La corrupción mata. Que el árbol no nos tape el bosque».