DEUDA: ¿OTRA PELEA PERDIDA?

Pagando o en default no serán muchas las cosas que cambien para el país. Pero el gobierno intenta convertir en épica una nueva caída que además amenaza con ser más grave de lo pensado.

Paguemos o no paguemos Argentina no va a recibir crédito como país. La larga historia de incumplimientos, sumada a una situación de dificultad en la economía mundial y la necesidad de financiamiento de países centrales nos pone inevitablemente en los últimos lugares de la larga cola de buscadores de financiamiento.

El problema, en caso de no acordar con los acreedores, va a ser del sector privado. El cierre de la operatoria externa para capitales argentinos -algo que Cristina padeció en su segundo gobierno y la terminó convenciendo de la necesidad de cerrar acuerdos, aunque fuesen calamitosos, con la mayor cantidad de bonistas posible y con el Club de París- obrará como un cepo a cualquier intento de obtener financiamiento para exportaciones, importaciones y sobre todo inversiones.

Por estas horas, y por diferentes razones, el FMI, algunos gobiernos europeos, el sector de bonistas que representan a los principales grupos y que muy lejos están de poder ser considerados buitres y, tras bambalinas, los EEUU tratan de acercar posiciones y evitar un default total al que, al menos parcialmente, ya entramos este mismo viernes. Pero todos exigen hechos y no palabras; sospechan que detrás de las muestras de buena voluntad la Argentina podría estar preparando otro de sus históricos «pagadios» que luego disfrazará hacia adentro de gesta heroica.

Observan que el mensaje que baja desde el poder vuelve a adquirir perfiles de relato y que se avanza en afirmaciones que nada tienen que ver con la realidad. «Y esto», dicen en los lujosos despachos de los abogados de quienes reclaman cobrar sus acreencias, «es una historia que ya vimos».

Mientras tanto avanza en el país la idea de un sector radicalizado del gobierno de Alberto Fernández de quedarse con acciones de empresas asistidas durante la emergencia. Algo que no tiene pie ni cabeza, y que difícilmente vaya a prosperar, pero pone en evidencia una intención intervencionista a la que deberemos estar muy atentos: se sabe que el kirchnerismo nunca se rinde y si lo intentó ahora volverá a hacerlo apenas perciba que el momento es propicio.

Por que todo lo que se afirmó como pretexto es una mentira tan falaz como insostenible: hasta el momento el gobierno no ha ayudado a las empresas ya que los créditos no han llegado y todo lo demás es una postergación de compromisos y de ninguna manera una condonación. Más temprano que tarde deberán pagar los impuestos reprogramados y devolver los créditos que en algún momento puedan recibir.

A las empresas se les ofreció créditos baratos o a Tasa Cero pero que van a tener que devolver. ¿Porqué quedarse entonces con sus acciones?.

Además… si esa asistencia habilita a adueñarse de parte del paquete accionario,  ¿aceptaría el gobierno argentino que los bonistas, el Banco Mundial o el FMI pidieran porcentajes de Vaca Muerta, YPF o cualquier otra empresa estatal para refinanciar lo que les debemos?. 

Si la respuesta es sí, estamos en problemas; y si es no, también…porque el doble mensaje es muy grave.

Alberto Fernández repite que  «no va a pagar un peso que pueda destinar a los argentinos» y ello le gana simpatías y apoyos. Aunque nadie sabe responder  que podrían hacer estos en un país sin crédito y al que el mundo aísle por incumplir una vez más con sus compromisos.

Tal vez por eso quede  la sensación de otra batalla perdida y en las mismas condiciones que tantas veces hemos conocido: nos endeudamos peligrosamente, malgastamos ese dinero, entramos en cesación de pago y debemos por tanto financiarnos en mercados emergentes y a tasas de interés impagables. Dejando en el camino jirones de prestigio y credibilidad…

Un clásico en un país excluido del mundo e instalado en su eterna adolescencia.