La economía de Macri se parece cada vez más a la de Alfonsín

RedacciónRaúl Alfonsín creía que “algo más de inflación” podía ser positivo porque al subir los precios el estado aumentaba su recaudación. Claro que se olvidó de bajar el déficit fiscal. Así le fue.

Cuando los frutos efímeros del Plan Austral comenzaban a evaporarse de la mano de un déficit fiscal explosivo, el ex presidente radical comenzó a presionar sobre el equipo que conducía Juan Vital Sorrouille para que aceptase convivir con “un poco de inflación” que desalentara el ahorro, impulsase por tanto el consumo -lo que a su juicio aflojaría las tensiones sociales ya por entonces muy presentes- y sobre todo hiciese crecer la recaudación y acelerar la solución de aquel desequilibrio.

Claro que el mandatario no tomó ni hizo tomar ninguna medida para achicar el estado, dejando al mismo tiempo crecer descontroladamente la deuda externa. El efecto real de aquel incremento inflacionario no sirvió entonces para otra cosa que para acelerar los servicios de pago, obligar a más emisión monetaria y empujar la ya de por sí endeble economía hacia el abismo.

¿El resultado?: hiperinflación, déficit récord -que luego serviría como justificación para las privatizaciones en tiempos de Menem- y por fin explosión social que se llevó puesto al primer turno de nuestra por entonces naciente democracia.

La fuerte caída de la imagen de Mauricio Macri y de su gobierno en la consideración pública -acompañada por un fracaso estruendoso en la lucha contra la inflación- hicieron que se cambiasen las del crecimiento de los precios para este año 2018. Fue el mismo mandatario que, para disgusto de su presidente del BCRA Adolfo Sturzenegger, repitió ante los suyos aquella frase de los 80′ cuyas consecuencias hemos analizado sintéticamente: “un poco de inflación no siempre es mala”.

Y la preocupación crece porque también como entonces se dispara la deuda externa, el déficit fiscal sigue siendo peligrosamente alto y el gasto público no termina de ponerse en caja ni siquiera quitando  ingresos a los jubilados o, como ocurre casi silenciosamente en los últimos meses, dando de baja cientos de miles de planes sociales a personas cuya situación de revista laboral no se ha resuelto ni mucho menos.

Un combo peligroso que difícilmente pueda ponerse en caja sin un alto costo social y político. Que se potencia cuando, como entonces, el peronismo y la izquierda más trasnochada esperan agazapados y mantienen cautivo a un amplio grupo de militantes sociales dispuestos a prender la mecha apenas alguien les preste un fósforo.

El propio Keynes aceptaría que un poco de inflación no tiene porque asustar a nadie. Claro que recordaría inmediatamente que ello es así siempre y cuando la actividad económica crezca, el consumo sea constante y equilibrado, el déficit se mantenga en caja y el valor real de la moneda surja del juego del mercado razonablemente equilibrado por la política monetaria del Banco Central. Algo que su titular cree que se comienza a perder en esta nueva etapa.

A Alfonsín nadie le prestaba dólares para crecer; a Macri -aún entre promesas de amor y palmaditas en la espalda- tampoco. Y sin financiamiento externo, ni aquel primer gobierno surgido de la esperanza ni este último nacido del espanto, encuentran chance alguna de cerrar el ciclo decadente del país.

Ni con discursos, ni con despidos, ni con montajes mediáticos, ni con promesas a las que el tiempo devora cada vez más rápidamente...ni con un poco de “inflación de la buena”.