La estatua de Playa Chica entre los enanos de jardín y la Venus de Milo

Por Adrián FreijoLa aparición de la misteriosa estatua en Playa Chica disparó mil especulaciones, trascendidos y sobre todo un gran interés. ¿Y si dejamos correr el mito?.

 

La Venus de Milo, es una de las estatuas más representativas de la escultura griega. Fue creada entre los años 130 a. C. y 100 a. C., y se cree que representa a Afrodita , diosa del amor y la belleza. Se desconoce su autor, aunque se ha sugerido que pudiera ser obra de Alejandro de Antioquía.

Los enanos de jardín forman un pueblo sobrenatural de seres muy pequeños y casi invisibles. Aunque no se conozca demasiado de ellos y las teorías de sus orígenes y tipos sean muy variadas y hasta rocambolescas, suelen representarse en cerámica, resina o madera en los jardines de algunas casas como guardianes e imanes de la buena suerte.

La representación de estas figuras apareció por primera vez en Turquía, en la región de Anatolia, en el siglo XIII y, posteriormente en Italia, en el siglo XVI, aunque el origen de esta variedad de gnomos de jardín se sitúa en el estado minero de Turingia, en Alemania, en el siglo XIX.

Como se verá nadie sabe quien ha sido el que puso a la universalmente admirada escultura o al primer ejemplar de los populares enanitos en este mundo, pero ello no ha sido óbice para que en ambos casos estemos frente a hechos en los que el arte, la tradición y la cultura se dan la mano. Y para la continuidad en el tiempo de ambas expresiones ese «no saber» ha sido bueno.

¿Qué sentido tiene entonces ponernos en campaña para saber quién ha sido el creador de la misteriosa escultura que apareció en Playa Chica y que por estas horas concita el interés de marplatenses, turistas y hasta de la prensa nacional e internacional?.

Cada tanto las sociedades encuentran objetos o leyendas que dan pie al mito, esa historia imaginaria que altera las verdaderas cualidades de una persona o cosa y les da más valor del que tienen en realidad. Y ello suele ocurrir cuando las comunidades necesitan ocupar un espacio vacío de su propio ser y no encuentra en lo concreto algo con que llenarlo.

Por eso los mitos son agradables y/o superiores. Porque convocan, aúnan, agrupan y permiten además que cada uno de quienes lo toman o lo narran le agregue aquellas cosas que necesita hacer propias para sentirse pleno.

Tal vez hasta sería negativo que «La mujer que espera» -¿no es un buen nombre para esta meditabunda aparición en un tiempo en el que todos esperamos sin saber muy bien que cosa?- terminase encontrando un origen y un autor. Se moriría el mito y se ingresaría en el terreno de la burocracia que exigirá sellados, permisos, dictámenes, especificaciones de materiales y todas esas cosas que hemos logrado inventar para que hasta lo creativo y lo misterioso necesite un timbrado.

Aparecen y aparecerán los opinólogos, los que saben quién la hizo, los que encuentran similitudes con el estilo de algún escultor conocido y hasta quienes inventarán autorías que les permita gozar de algunos minutos de gloria en algún canal, diario o red social de esas que tanto convocan y apasionan. No les abramos el paso, no dejemos que nos roben la ilusión de imaginar una historia de amor, o desesperanza, desgarro y romanticismo.

No le temamos al mito, que mientras lo sea no dejará que nadie ponga su mano sobre la estatua y se le ocurra llevarla o convertirla en algo distinto a lo que hoy es: una aparición que será por siempre lo más importante que ocurrió en el «verano de la pandemia».

Casi como una vacuna contra este tiempo para olvidar…

Foto: Gastón Piccioni