La estopa consumida de Mourelle y la nueva llama

Por Adrián Freijo – «Sic transit gloria mundi» es una voz latina que significa «así pasa la gloria del mundo» y que se utiliza para señalar lo efímero de los triunfos. Aprender,entender y obrar en consecuencia.

En las antiguas misas de coronación papal, el recién elegido al Trono de Pedro era llevado en la silla gestatoria desde la sacristía hasta el lugar en donde se revestía. En ese trayecto, en tres ocasiones se le encendía fuego a una estopa en un brasero que se colocaba al alcance de su mirada. La estopa se consumía rápidamente. Mientras esto ocurría, el Maestro de Ceremonias le decía al papa: «Sancte Pater, sic transit gloria mundi» (Santo Padre, así pasa la gloria del mundo).

Si el lector cerrase sus ojos y buscase en sus recuerdos los nombres y circunstancias de quienes pasaron por el poder en las últimas décadas, se encontraría con centenares de personajes que se sintieron intocables y obraron en consecuencia con la soberbia propia de aquel que piensa que nada puede interponerse entre él y sus caprichos. Y a quienes la estopa se les consumió sin siquiera darse cuenta…

¿Por qué le cuesta tanto el político argentino comprender lo efímero de la gloria y el poder?, ¿qué mecanismo de resentimiento o inferioridad se dispara dentro del que, al verse en un lugar de decisión, sume con el otro una posición de superioridad que lo empuja al atropello, al destrato y a la subestimación?.

Por estas horas Mar del Plata vive el final de una historia paradigmática de mediocridad mimetizada de poder. El ahora ex Secretario de Hacienda de la comuna, Hernán Mourelle, un oscuro burócrata del municipio de Lanús al que se envió con la orden de emprolijar las cuentas municipales y que sintió, apenas llegado a esta tierra, que un poder absoluto se deslizaba sobre sus espaldas y lo convertía en ungido dueño y señor de esta ciudad, de Batán, de sus pares del gabinete, de los concejales y del propio intendente.

Dueño de una singular torpeza para moverse en el cenagoso terreno de la política, Mourelle creyó que la ciudadanía esperaba su llegada como un enviado del destino para terminar con la clase política, con la dirigencia social, con los vecinalistas, los dirigentes deportivos, los sindicatos, los trabajadores municipales, los empresarios del puerto, los comerciantes, los cultos religiosos. los docentes, los concejales -insólitamente con especial acento en los de su propio bloque- y todo el que osase cuestionar sus decisiones o tan solo pedir algo más que el destrato como respuesta.

Claro que sostuvo su efímero sueño con argumentos nada novedosos: una corte de periodistas pagos -muy bien pagos- cuyos micrófonos, cámaras y lapiceras se pusieron al servicio de una causa que se sostenía en difamaciones y mentiras.

Difamaciones, porque a quien se cruzaba en el camino del lanzado funcionario se lo tildaba de ladrón, parte de una corporación que se abusaba del erario público o simplemente de «chanta», un calificativo que constantemente era utilizado por Mourelle para referirse a cualquiera que ejerciese alguna representatividad social.

Y mentiras porque el verso del equilibrio presupuestario, que todos sabían que solo era eso, se repetía como una verdad revelada que pretendía crear un personaje heroico y eficiente que había resuelto un tema de mal uso de los fondos municipales que se arrastraba por décadas. Aunque la verdad salga a la luz en pocos días y la conclusión sea que los números estén hoy más rojos que nunca…

Ahora es tiempo de olvidar y cicatrizar…

El intendente, que deberá reflexionar si lo ocurrido queda en un escándalo más de una gestión plagada hacia adentro de ellos o se convierte en escalón para una retirada digna, tiene en sus manos la decisión de continuar aislado y en combate o abrir a la ciudad, sus representantes y referentes los números de la administración y una transición que lo deposite en un final de mandato lo menos traumático posible en el que quienes se hagan cargo del nuevo gobierno sepan cual es el verdadero estado de las cosas.

Los representantes del pueblo, que no pueden esgrimir como un triunfo propio la salida del Secretario de Hacienda ya que siempre se las ingenió para tenerlos a la defensiva y frente a quien nunca atinaron a tomar posiciones de firmeza que la institucionalidad les hubiese permitido, deberían tender su mano a la administración central y buscar los consensos necesarios para que todo transcurra lo más equilibradamente posible.

Si unos y otros insisten en la lógica mezquina del electoralismo, Mar del Plata estará en problemas pero ellos también: un final de gestión convulsionado representará un inicio de las mismas características para quien tome la posta.

Solo se trata de ver la realidad, aprovechar las oportunidades y pensar alguna vez en el bien común.

Lo demás es parte de una historia tan diminuta que ni merece ser contada…