LA FRONTERA DE LA LOCURA

Un grupo de mujeres sitiadas en la residencia oficial santacruceña -sin importar quienes eran o lo que representan políticamente- marca el límite que debemos imponernos no pasar jamás.

No importa lo que usted o yo pensemos de Cristina Fernández de Kirchner y tampoco lo que los santacruceños estén pasando por la mala administración de su gobernadora. Esas cuestiones, en una sociedad democrática, se resuelven en dos terrenos que son los únicos que deben transitarse: el político, a través del voto si estas u otras personas buscan en un proceso electoral su proyección, y el judicial si es que en ejercicio de alguna función han cometido algún delito.

No hay otro…y nunca debe haberlo.

Bien lo entendió el presidente Mauricio Macri quien se apresuró a repudiar los hechos y recordar que ese no es el país que queremos. Él mismo venía de padecer un escrache, con su pequeña hija en brazos, realizado por seguidores de quienes ahora eran víctima de ese ominoso mecanismo.

Ni escraches, ni amenazas, ni linchamientos mediáticos. Parece mentira que quienes así actúan -en las puertas de una residencia oficial o a través de las redes sociales- son los que hasta hace poco más de un año repudiaban ese comportamiento en quienes por entonces gobernaban y clamaban por un país civilizado al que por cierto ahora no honran.

Una inmensa mayoría de argentinos, que estudian, trabajan, viven en paz con sus familias y buscan con desesperación que su país se suba a la vereda del progreso definitivamente, es rehén desde hace mucho de dos franjas intemperantes, fanatizadas, violentas e irracionales que antes pedían alternativamente linchar a «los milicos» o a «los zurdos» y ahora braman violencia contra «los K» o «los globoludos».

Parece llegado el momento en el que la razón tome el centro de la escena y los amantes de la democracia serena, sólida y tranquila, comencemos a militar fuertemente para imponer las reglas de juego en las que queremos vivir. Que no son otras que las que declama en soledad nuestra Constitución, nuestra tradición y nuestra propia vocación ciudadana.

En Santa Cruz, una vez más, los violentos cruzaron la raya; y algún día lo harán para siempre.

Entonces será tarde…