LA HISTORIA DEL CUERPO QUE PINTA LA HISTORIA

Un 3 de septiembre de 1971 le fueron restituidos a Juan Domingo Perón los restos de Evita, que habían sido robados 16 años antes. Una historia siniestra que es bueno que recordemos, para saber quienes somos y no repetir errores.

Evita, como se la conocía popularmente,  murió de cáncer el 26 de julio de 1952. Su cuerpo fue embalsamado por el médico español Pedro Ara y depositado en el edificio de la Confederación General del Trabajo (CGT), en la calle Azopardo. El 22 de noviembre de 1955, pocos días después del derrocamiento del presidente Juan Perón,  un comando de la Revolución Libertadora irrumpió en la sede sindical y secuestró el cadáver.

Comenzó un largo derrotero de 16 años en el que el cadáver estuvo alojado entre las bambalinas de un viejo teatro barrial, un armario en la Secretaría de Inteligencia del Estado -custodiado por un coronel psicópata y alcohólico que lo sometió a las peores vejaciones- para culminar bajo el nombre de María Maggi de Magistris en el la fosa 41 del campo 86 del Cementerio de Milán, tras una tan discreta como humana gestión de la Secretaría de Estado del Vaticano.

Cuando aquella tormentosa tarde madrileña los portones de la residencia «17 de Octubre» en el Barrio de Puerta de Hierro se abrieron para el ingreso de la ambulancia que llevaba los restos mortales de aquella mujer que tanto había representado en la historia argentina reciente, y que proyectaría su peso hasta la actualidad, se cerraba un capítulo más de una larga y oscura historia que desde siempre puso a los cadáveres en el centro de la disputa política del país.

La firma del acta de entrega -cuya copia ilustra esta nota- representaba el final de una larga negociación entre el líder justicialista, representado por su delegado personal Jorge Daniel Paldino, y el gobierno de Alejandro Agustín Lanusse que pretendía aquel cadáver como prenda de acuerdo en su intención de continuar en el poder a partir de elecciones amañadas.

Todavía le faltaba a aquellos despojos una vuelta de tuerca más en su doliente calvario: traídos a la Argentina por José López Rega, como parte de sus delirios esotéricos, fue expuesto junto con el cuerpo de su marido en una cripta especialmente levantada en la residencia de Olivos para luego ser trasladado por los militares que se hicieron del poder el 24 de marzo de 1976 a la bóveda familiar en el cementerio porteño de La Recoleta.

A pocos metros del lugar en el que, un 15 de octubre de 1974, la agrupación Montoneros robó el cadáver del ex presidente Pedro Eugenio Aramburu, al que había asesinado en una quinta de Timote unos años antes.

Mientras que los restos del propio Perón, tras ser mutilados en el cementerio de La Chacarita, serían depositados en medio de un tiroteo entre facciones peronistas en la que fuese su lugar de descanso con Eva en la localidad bonaerense de San Vicente.

Valga este recordatorio como acicate a la reflexión que todos tenemos que hacer en estos momentos –en los que una gigantesca grieta divide a la sociedad y la empuja a un enfrentamiento que por momentos parece inevitable– acerca de las horrorosas consecuencias del odio, de la mitificación y del temor a que la sombra de un muerto pueda torcer el destino de un país anómico, sin principios y sin un proyecto claro hacia el futuro.

Los grandes vértices de nuestra historia murieron lejos de la patria y sus restos se vieron también envueltos en polémicas y fueron motivo de enfrentamientos. Sarmiento, Rosas y el propio Padre de la Patria son apenas ejemplo de lo que aquí decimos.

Una perversión de nuestras costumbres que seguramente deberemos resolver si es que alguna vez pretendemos ser un país sano con la mirada puesta en el futuro.