JUVENTUD MARAVILLOSA: ARRANCA AMORAL Y TERMINA INMORAL

Los herederos de una militancia que, aún con métodos e ideas pasibles de discusión, hacía de la ideología y los principios su razón de ser, son hoy los que llegan a la política como medio para «salvarse».

Aquella «juventud maravillosa» a la que Perón, sin darse cuenta de su error al pretender que podía manejarla a su antojo y usarla solo mientras le fuese útil, ha dejado para la historia muchas cuestiones para discutir e incluso descalificar: eligió la violencia como método y el socialismo, ajeno a cualquier construcción común de la sociedad argentina desde nuestra constitución como nación, como finalidad política.

Y si bien el tiempo deja aún abiertos resquicios para el debate, lo que no está en discusión es el convencimiento que aquellos jóvenes, obreros y estudiantes de clase media, tenían acerca de su destino como reformadores de un país injusto, estratificado y sin un camino propio de desarrollo que, si alguna vez había existido, quedó al costado del camino con la caída del peronismo y el advenimiento de gobiernos militares autoritarios o civiles condicionados. No hacían política para lograr el poder o el bienestar personal; arriesgaban sus vidas por una utopía que era miserablemente utilizada por sus propios referentes político y conductores.

Las juventudes políticas actuales, al menos las que dicen pertenecer al siempre difuso «campo popular», son algo diametralmente opuesto. Llegan a la militancia con el único objetivo de «salvarse» y ello solo los ubica en el universo de la amoralidad, es decir de quienes carecen del sentido de lo moral y adhieren a aquello de que el fin justifica los medios.

Para ellos la militancia es un atajo hacia el empleo público, la disposiciones de bienes comunes y la posibilidad de integrar esa nueva oligarquía política que en la Argentina es la única que tiene asegurados sus ingresos más allá del éxito o el fracaso de los caminos intentados.

No es difícil entender que a poco de ingresar en ese mundo pestilente de la política nacional los que arribaron con amoralidad se abracen entusiastas a la inmoralidad.

Porque  un «amoral» actúa sin conocer la moral y por lo tanto no sabe si obra mal o bien, mientras que un «inmoral» es aquel que contraviene las normas de la moral y sabe que lo hace. Y nadie puede seriamente esgrimir desconocimiento cuando cobra un salario por un trabajo que no realiza, recibe dinero por participar de una marcha, una toma o un escrache, acepta cambiar el destino de una vacuna para favorecer a un amigo, compañero o militante sabiendo que se la está birlando a alguien que la necesita, o simplemente acepta silenciar lo obvio cuando ello representa esconder corruptelas o venalidades de sus mandantes de turno. Todas cosas que hoy son tomadas como parámetro de lealtad, aunque ello represente someter al evaluado a un estado de indignidad y esclavitud que ninguno de aquellos jóvenes de los 70, en cuyo nombre se llevan adelante muchos de estos desmanes, hubiese siquiera aceptado discutir.

Por eso la institucionalidad argentina no tiene futuro, el país no saldrá adelante con esta versión mugrienta de la democracia y las libertades individuales seguirán siendo limitadas, achicadas y atropelladas hasta su muy próxima desaparición. Agotadas las mentiras el mandato de los inmorales necesita del silencio de los sepulcros para poder seguir adelante con su decisión de vivir del esfuerzo ajeno.

Que de la revolución se haga cargo la nostalgia y del futuro se ocupen los ingenuos. La historia comienza cuando la necesidad de los amorales traspasa las puertas del estado para convertirse en inmoralidad.

Disfrazada, por supuesto, de política militante…