La lenta marcha hacia los nuevos paradigmas democráticos

Por Adriàn Freijo El país se acerca a un punto de inflexión. Hartos de fracasos, corrupción y mentiras comenzamos a sentir que esta democracia no nos sirve. ¿Es así?, ¿hay alternativa?.

La sociedad argentina comienza a sentir una incómoda sensaciòn de fracaso permanente. Hace décadas que el paìs se desliza en la pendiente de la decadencia y más allá de los discursos o los entusiasmos de ocasión la realidad nos muestra un conjunto en el que como nación estamos cada vez peor, como sociedad vemos caer uno a uno los valores de la buena convivencia y como individuos nos hundimos en el desánimo y la desconfianza que lleva al individualismo.

Hay una sola cuestión en la que todos estamos de acuerdo: el fracaso de la política.

Aquellos luminosos días del 1983, cuando el entusiasmo y la alegría nos llevaron a creer que con la democracia se comía, se curaba y se educaba, dieron paso a esta penumbra de 2018 en la que comenzamos a pensar que el sistema no solo no ha sabido arrancarnos de nuestros males sino que nunca podrá hacerlo.

Pero…¿es la democracia la que no sirve o es esta democracia la que nos empuja hacia el abismo?.

Es cierto que cualquier representación política llevada adelante por hombres y mujeres sin valores morales, limitados en lo cultural y sin criterio de comunidad está destinada al fracaso. Y mucho de ello ocurre en la Argentina, país que se las ha ingeniado para poner en la cúspide de la vida política a un sinnúmero de seres grises, miserables y sin posibilidad alguna de destacar en ningún otro orden de la vida que no sea el de esta actividad corporativa que se ha adueñado, con reglas propias y por cierto prostibularias, de la vida de cada uno de nosotros.

Hoy, aunque duela decirlo, la política y el delito tienen en nuestra república muchos más puntos de contacto de los que son tolerables.

Es posible que en no mucho tiempo más la sociedad se disponga a barrer con estos personajes y hasta no suena descabellado que al hacerlo les exija, por fin, una rendición de cuentas que los aparte del cuerpo comunitario por mucho tiempo. Y quiera Dios que nada de eso ocurra en medio de vientos de fronda, aunque es muy difícil asegurar hoy que ello no vaya a pasar.

¿Y después?…lograda la vindicta popular que hacemos con la sociedad argentina, hacia donde llevamos el país, que forma le damos a una nueva república.

Es claro que el primer objetivo será terminar con los personalismos y para ello debemos poner fin a un sistema presidencialista que estàáorganizado a la medida de los caudillos.

Cambiar esto por una institucionalidad ágil y moderna, que permita al pueblo ver representados en todo tiempo sus objetivos y sus estados de ánimo, será por lo tanto el primer objetivo. ¿Porqué arrastrar “sine die” durante años a figuras desprestigiadas y que han perdido la confianza de la sociedad?, ¿no resulta una obviedad que la inteligencia pasa por la posibilidad constitucional de convocar a elecciones cuando los hombres del gobierno se han desgastado?. El ejemplo de las democracias parlamentarias es seguramente el más sólido a mirar y ello, más temprano que tarde, será una realidad en la Argentina.

Una reforma constitucional en ese sentido, que refuerce también la división de poderes y reglamente la rendición de cuentas y los parámetros de idoneidad de jueces, legisladores y funcionarios, evitará también la tentación de caer en aventuras autoritarias como las que han seducido en los últimos tiempos a más de un país del mundo con epicentro en Europa y América Latina.

Vamos entonces hacia nuevos paradigmas democráticos, nuevas formas de selección de nuestros dirigentes y nuevas formas de ejercicio del poder.

Solo así la Argentina de los falsos profetas y los ladrones quedará en el pasado y con ella dejará el centro de la escena esta dolorosa y constante decadencia.

La alternativa es la disolución, el triunfo de los delincuentes y la muerte de la república. Nosotros elegimos…