La pregunta de la historia: ¿qué hacer con el peronismo?

Por Adrián FreijoLa realidad terminó por resolver el debate que cruzó a la sociedad argentina desde mediado de los 70: ¿existe el peronismo?, ¿sobrevivió a su líder?. Veamos.

En las horas siguientes al golpe de 1955 que derrocó a Juan Domingo Perón el festejo de «la clase media ilustrada» de la Argentina parecía sostenerse en la convicción de que muerto el perro se había acabado la rabia. Si algo sustentó el accionar de la llamada Revolución Libertadora fue la convicción de que el peronismo moría en ese instante y que ya nunca sería un tema a tratar en la vida del país. Grave error…

En miles de hogares argentinos las lágrimas de impotencia de quienes se habían sentido empoderados por aquella experiencia única y distinta, los obreros, los sumegidos, las mujeres -que habían adquirido derechos civiles elementales que durante décadas les fueron negados- y sobre todo una generación de trabajadores que de la mano del peronismo consiguieron plasmar lo más puro de la movilidad social ascendente al hacer carne la posibilidad de que sus hijos estudiasen en las universidades argentinas y fueran ya profesionales con un horizonte mucho más amplio que el que ellos habían podido tener, eran el preanuncio de que no todo sería tan sencillo como lo suponían los vencedores de entonces.

Podían dar marchaa atrás con el nuevo concepto de la distribución de la riqueza, podían detener la socialización de los medios de producción…pero ya no podrían hacerlo con la socialización de la esperanza.

Más allá de los muchos errores funcionales de los gobiernos que se sucederían hasta el retorno del líder en 1972 -y que disimularían los cometidos por el régimen derrocado- la equivocación fundamental fue no comprender que para entonces, llegados ya a la adolescencia y juventud, los hijos de aquellos obreros de la década que va del 45 al 55, ahora jovenes profesionales y estudiantes universitarios, también se harían peronistas. Y que la democracia de la desigualdad que pretendía disfrazarse de liberalismo político tutelado por los militares, los lanzaría a la desordenada aventura de conseguir la reinstalación del gobierno peronista, con o sin Perón.

Y comenzó a gestarse en el país una situación que hasta el día de hoy condiciona nuestra vida política: poco importaba que era lo que el peronismo institucional, incluída la conducción de su jefe desde el exilio, hiciese con la demanda de justicia social de la gente, ya que ella formaba parte del «si o si» de las pretensiones nacionales.

Tras la muerte de Perón y la larga tragedia de la dictadura, la derrota de 1983 produjo el efecto político inverso: de la mano de la llamada Renovación y de las dificultades económicas que no pudo resolver el gobierno de Raúl Alfonsín, todos creyeron que el peronismo se levantaba de sus cenizas y surgía a la vida argentina con más fuerza que nunca.

Segundo error histórico: ya por entonces comenzaba a imponerse la convicción de que la política era consecuencia de la acumulación de dinero. Y las patas peronistas  -sindicalistas, caudillos provinciales, intendentes y militantes- acentuarían en adlante su incidencia en la medida en que contaran con los medios para hacer de la actividad una cuestión suficientemente rentada como para adquirir voluntades y consolidar poder. Consumo y derechos sociales, eran entonces lo mismo…

Por eso las sucesivas derrotas sufridas por Menem, Duhalde y más acá en el tiempo por Néstor y Cristina. Todos ellos fueron incapaces de entender aquel fenómeno del reclaamo de justicia social que estaba incorporado en la gente por el propio peronismo.

Y cometieron el error de avanzar en la construcción de una sociedad partida, empobrecida y por fin enfrentada, en la que solo la clase política y los empresarios amigos del poder estaban a salvo de los avatares de una economía desquiciada que se fue tragando el presente y el futuro de los argentinos.

No entendieron los alcances del ideario peronista y terminaron siendo espejo de aquellos que lo combatieron y lo derrocaron.

Ha perdido enonces todo sentido seguir discutiendo acerca de algo que ya no existe. Como el PRI mexicano que hace décadas abandonó los postulados y sueños de Emiliano Zapata, capaz de abandonar su comodidad aristocrática para salir a combatir por los derechos de los más pobres, el peronismo de la acumulación económica, la corrupción y la superestructura rentada nada tiene que ver con alguna de las cosas que le dieron razón de ser política y presencia social.

Y casi como una hipérbole de la historia, no es ocioso que encarne ahora en un hombre de la más rancia alcurnia porteñista, hecho y formado en la mañera política capitalina que fue la que alimentó -desde la Unión Democrática hasta el macrismo- el peor encono contra el peronismo que haya conocido la historia argentina. Y esto no califica a Alberto Fernández…define al movimiento que se extinguió en sus propias contradicciones.

Antonio Cafiero lo pretendió socialdemócrata, Carlos Menem lo interpretó neoliberal, Eduardo Duhalde creyó que era una maquinaria estratificada y Néstor Kirchner pretendió construirlo desde el poder económico con un disfraz de derechos civiles y aquellos fracasados intentos de transversalidad que terminaron en la nada y fueron derrotados por expresiones oportunistas del propio peronismo encarnadas en Francisco De Narváez en 2009 y Sergio Massa en 2013.

Tal vez ninguno de ellos llegó a comprender aquello de «mi único heredero es el pueblo» que el propio Perón concluyó cuando tomó nota de que sus adversarios de ayer lo habían entendido y acompañado con mayor compromiso que sus propios aliados y que a esa altura era ese pueblo lo único que podía mostrar como fuerza política y legado a la posteridad.

Y seguramente por eso es que de la muerte del caudillo haya quedado como protagonista principal del momento el discurso de Ricardo Balbín, líder de una oposición que asumió a tiempo cual era la prioridad de la república. Los meses y años posteriores demostraron que ambos líderes no estaban equivocados.

Y que con sus muertes se llevaron a la tumba la última oportunidad de cerrar una grieta que aún hoy hace sangrar a la sociedad argentina y ha condenado a la disolución a aquellas fuerzas políticas que ambos encarnaban.