La respuesta de los mercados no se hizo esperar

RedacciónCaen los bonos, baja fuertemente la bolsa, crece la presión sobre el dólar y se dispara el riesgo país. Todo lo que el manual indicaba que iba a pasar, y pasó.

 

Cualquier manual de economía para principiantes indicaría que ante las desmesuradas medidas de cierre que toma el gobierno -congelamientos, cepos, emisión sin respaldo, aumento de la presión fiscal, leyes disparatadas como las que proponen gravar con el 3% las etiquetas de los productos y explicitación de las peleas internas en el gabinete- aquellos activos que se respaldan en la confianza en una gestión iban a dispararse o derrumbarse según fuese el caso. Y es que aunque a las sucesivas administraciones argentinas les cueste entenderlo, la economía es una ciencia que poco y nada tiene de voluntarista y que por lo general se sostiene en la lógica de los hechos y los números.

La Bolsa de Comercio porteña abrió hoy con un caída de 3,03% en su principal índice, el S&P Merval, los bonos argentinos se deprecian en casi un 9% y ya se ubican por debajo del valor que tenían en el peor momento de la pandemia. En tanto la presión sobre el dólar, en todas sus variantes, amenaza con cerrar otra jornada de alzas pese a que el BCRA ocupa parte de sus escuálidas reservas en tratar de que la suba no supere los $0,50 o en el peor de los casos $1.

Los anuncios del gobierno argentino -disfrazados como una disposición del órgano rector de la actividad financiera, aunque a nadie escapa que la autonomía del Central es poco más que un cuento chino- comienzan a definir una mirada «cuasi chavista» de la economía que viene: cierre de las actividades monetarias de intercambio, control de precios y la eterna y fracasada intención de «vivir con lo nuestro» que tantas veces hemos probado y otras tantas arrastró al país al desastre.

Acertar lo que iba a pasar apenas abriesen los mercados era tan fácil como pronosticar el resultado de un encuentro futbolístico entre el PSG y Al Ver Verás. Y así como los milagros deportivos se dan solo una vez cada muchos años…la remota posibilidad de que no se produjese la estampida en los mercados de valores no quedó en otra cosa que en eso: una ingenua mirada del voluntarismo más torpe.

Alberto Fernández y sus ministros parecen decididos a apostar a todo aquello que el buen sentido marca como inconveniente. Y a seguir creyendo que con el relato y la justificación de todos los males en la gestión anterior alcanzará para distraer a la sociedad.

Ni el cachetazo recibido en las recientes elecciones parlamentarias parece lograr que el gobierno reflexione acerca de la conveniencia en empezar a mirar la realidad sin intentar siempre moldearla a su favor. Así le van las cosas...y así nos van a nosotros.

Cada mañana se intenta desde el poder darle pelea a un enemigo imaginario y hacerlo con armas no menos artificiales. Y la realidad no se cansa de avisar que la cosa no es por ahí…

Sin reservas, sin inversiones, sin ahorro, con una fuga de divisas que será cada vez mayor si no se recupera la confianza y apostando solo a que la inflación vaya licuando una deuda impagable aunque para ello haya que empobrecer cada vez a más argentinos, el resultado será el inevitable estallido social que va a producirse cuando ni la máquina de hacer dinero funcionando las 24 horas alcance para cubrir las necesidades.

Ya lo dijimos antes pero siempre es bueno recordarlo: el tiempo se acaba y urge asumir con seriedad y profesionalismo un plan que comience a acomodar esta economía dislocada y puesta de cabeza.

El acuerdo con el FMI, cada vez más lejano si desde el mundo financiero internacional no se perciben señales claras en forma de un plan coherente y debidamente garantizado, es solo el comienzo de un camino que, guste o no, deberá terminar con un fuerte ajuste. Nunca es triste la verdad...lo que no tiene es remedio.

Si no se hace, si no dejamos de ceder a las imposiciones de dirigentes que nada saben de la ciencia que mueve al mundo desde el nacimiento de la vida en comunidad, pronto vamos a transitar el camino de los países ficticios en los que solo la presencia de gobiernos violentos y autoritarios asegura poder seguir de espaldas a la realidad.

Y hasta los que nos negábamos a aceptar que hacia allí íbamos, tendremos que reconocer que estábamos equivocado.

Pero ya será tarde…