Un país que se ríe de sus miserias y termina incorporándolas al humor, la frivolidad y olvido que las deposita en brazos de la impunidad. Un país que entre risas muestra su esencia de tristeza.
Nikolái Gógol fue un escritor ruso de origen ucraniano. Cultivó varios géneros, pero fue notablemente conocido como dramaturgo, novelista y escritor de cuentos cortos. En cada creación suya destacaba una fuerte ironía que le hacía contar con humor cada uno de los dramas que vivía una sociedad zarista profundamente injusta y violenta.
Cierta vez escribió un libreto para títeres que sería puesto en el Teatro Nacional de Moscú y que representaba escenas de las por entonces habituales trifulcas callejeras entre manifestantes hambrientos y las rudas fuerzas de la policía del Zar.
Leyendo su obra ante un grupo de intelectuales y amigos, las carcajadas por los chispeantes diálogos atronaban el ambiente, adelantando lo que sería seguramente un éxito de crítica y público.
Una sóla mirada sombría, la de Aleksandr Pushkin,poeta, dramaturgo y novelista, fundador de la literatura rusa moderna, contrastaba con el resto.
«Pushkin, tan aficionado a reír, a medida que yo leía se iba poniendo cada vez más sombrío, y al acabarse la lectura exclamó con desesperación: «¡Dios mío, qué triste es Rusia!», recordaba luego Gogol, quien comprendió en ese mismo instante que su amigo había logrado penetrar el alma mismo de una nación que prefería reír de sus miserias antes que enfrentarlas y resolverlas.
Algo similar a lo que ocurre por estas horas en nuestro país, empecinado en convertir en caricatura y burla el profundo drama de la corrupción, que ha costado vidas, lágrimas y tristezas.
Al frivolizar a los protagonistas del vaciamiento nacional y convertirlos en personajes humorísticos, humanizamos a quienes se han quedado con el futuro de la Argentina, la comida de nuestros hijos y sobre todo con el prestigio de una nación a la que el mundo llegó a mirar con desprecio.
Y al hacerlo, de alguna manera aceptamos que ellos nos han ganado la batalla de la cultura nacional. Que ya no es de esfuerzo, estudio y trabajo sino, como estos sátrapas quisieron imponer, de frivolidad y aprovechamiento.
La respuesta esperanzada ante los corruptos y los que nos adormecen desde los medios la encontramos también en Pushkin quien consoló al atribulado Gogol y le confió que su frase no era otra cosa que un diagnóstico esperanzado, diciéndole: «Confía, amigo: brillará el divino día en que Rusia se despertará y, al derribar la monarquía, grabará por fin en oro el nombre de los hombres justos»
Puede ser; mientras tanto…¡¡¡qué triste es la Argentina!!!.


