Las cacerolas llegaron a América para seguir haciendo historia

Aquellas que llenas de agua hirviendo recibieron a los soldados ingleses que pretendían tomar Buenos Aires o estas que ayer en Argentina y hoy en Venezuela son el arma elegida por la gente.

En la noche del 2 al 3 de Julio de 1807 nadie duerme en la Gran Aldea. Trabajan todos alumbrados por faroles: esclavos, libres, blancos, negros y mulatos hasta transformar el centro en una fortaleza. La estrategia es resistir todo lo que se pueda en la primera línea de trincheras y replegarse luego a la segunda. Las azoteas inmediatas a la Plaza son ocupadas por soldados con armas, municiones y granadas de mano.

Los vecinos amontonan objetos pesados en los techos y preparan agua y aceite hirviendo para arrojar a los invasores. A las seis y media de la mañana del Domingo 5 de Julio resuenan 21 cañonazos que es la orden de ataque, con arranque en la quinta de Lorea (Plaza Congreso). Se escucha gran cantidad de disparos de cañón y fusilería. Las columnas que avanzan por los extremos norte y sur no tienen casi resistencia en las casas de barro de las orillas. Pero por el centro es otra historia. Las columnas fracasan porque la resistencia que los invasores encuentran es tal, que se ven obligados a pelear casa por casa y los vecinos los están acabando. El agua, el aceite hirviendo y las piedras lanzados desde arriba causan estragos. Por primera vez en nuestra historia las cacerolas, convertidas en armas de guerra, toman el protagonismo más allá de las cocinas y los ranchos.

Casi un siglo después, en diciembre de 2001, el ruido metálico de aquel novedoso método de lucha desalojará a un gobierno impopular de la Casa Rosada y, ya sin líquido ardiente de ningún tipo, se convertirá en un sonoro centinela del humor popular que ya nunca volverá a archicarse.

«Los caceroleros» tantas veces burlados o minimizados por el palco exquisito de la política que da la espalda al pueblo y prefiere mirarlo como una chusma inocua, se convirtieron en un núcleo independiente, tan cambiante como ruidoso, que comenzó a ser observado por el mundo entero como una originalidad digna de ser imitada. En definitiva era un manera pacífica y a la vez estridente de demostrar el enojo general; y al ser ejercida desde cada casa era también un método pacífico y no fácil de silenciar o reprimir.

Por estas horas parece haber sido tomado como medio de rebelión por los venezolanos que luchan para liberarse de la sangrienta dictadura de Nicolás Maduro.

En 17 días de protestas ciudadana la espiral de violencia ha dejado al menos 21 personas muertas, múltiples heridos y más de 25 comercios robados en el área metropolitana de Caracas cuyas pérdidas superan los 100 millones de dólares según los reportes policiales.

Y las cacerolas, que no pueden ser alcanzadas por la represión policial, hicieron su aparición en varias zonas de Caracas. En la urbanización Simón Rodríguez -cercana al Sistema Teleférico Warairarepano, conocido como El Ávila- sonaron incansablemente para repudias la presencia del presidente, a propósito de la transmisión de «Los domingos con Maduro» desde el parque nacional.

Mientras tanto los habitantes de la parroquia El Valle sonaron cacerolas a Jorge Rodríguez, alcalde del municipio Libertador, y a un grupo de oficialistas que visitaron el Hospital Materno Infantil Hugo Chávez y sus alrededores.

Mientras el alcalde estaba en el centro de salud las cacerolas retumbaban en la zona. Las redes sociales mostraron la situación.

Antes vecinos del centro cacerolearon a miembros del alto gobierno este sábado para rechazar su presencia cuando visitaron el sector para llevarles cajas con comida importada.

“Fuera”, “El pueblo tiene hambre”, “Pa’ fuera”, “Váyanse pa’ fuera”, “Pura basura, los devolvieron”, son algunos de los mensajes que se oyen en videos compartidos en la red social Twitter.

La presencia de los políticos también fue rechaza por parte de la comunidad del Barrio San Andrés, quienes usaron cacerolas para expresar que no los querían allí.

Y esto solo en algunos barrios de Caracas; ayer tarde y durante toda la noche, los vecinos cercanos al Palacio Miraflores -sede del gobierno nacional- batieron cacerolas durante toda la noche para evitar que los habitantes del lujoso edificio pudiesen descansar. «Lo haremos todas las noches hasta que veamos a Maduro abandonar definitivamente la sede» decía esta madrugada un vecino del lugar con el «revolucionario» instrumento en mano.

Las cacerolas llegaron a América para quedarse…y su sonido retumba por anticipado en cada gobernante que crea que solo las redes sociales sirven para que la gente exprese su descontento.

El ruido metálico marcó el principio de una nueva era que creció, casi sin darse cuenta, con el último siglo.