Las elecciones y una obra de teatro con final incierto y peligroso

Por Adrián FreijoA medida que se acerca la fecha de iniciar el calendario electoral cada fuerza y cada candidato acomodan su discurso a lo que piensan mejor para ganar. La ficción desnuda.

La política argentina se parece mucho a una obra de teatro. En ella los protagonistas van realizando cambios constantes al guión en la medida en que sienten que un nuevo parlamento puede despertar más aplausos.

Claro que la diferencia radica en que un actor, con variaciones y/o improvisaciones, jamás podrá cambiar el sentido de la historia que está interpretando. ¿Se imagina el lector que, transido de entusiasmo, el protagonista de Romeo y Julieta improvisara un final feliz en el que los amantes de Verona viven por siempre juntos hasta su vejez?. Tal vez el público, por única vez, se iría feliz del triunfo del amor…pero habrá sido engañado y a poco de andar se dará cuenta.

Nuestros políticos tienen una interpretación libre de eso que llamamos realidad. De acuerdo al interlocutor de turno cambiaran las escenas, los personajes, los parlamentos y todo aquello que sirva a su único objetivo: seducir a quien los escucha aunque para ello deban mentir, omitir o inventar realidades inexistentes.

Y en tiempos electorales -cuando son más los argentinos que dirigen su mirada al escenario- esto se hace más visible. Empujados por el convencimiento de que la gente es tonta o amnésica, quienes se postulan llenan el aire de visiones simplistas, casi naturales, de todo lo que son capaces de hacer para mejorar la calidad de vida de la gente. Aunque una y otra vez hayan pasado por el poder sin conseguirlo…

Y también como en el teatro o el cine, el dedo acusador sobre «el malo» (los candidatos de otros sectores) resalta su papel de «el bueno» hasta convertirlo, solo en su imaginación, en un héroe amado por el público. Poco importa que en su turno en el poder la gente le haya pedido a los gritos lo que ahora ellos piden a quien los suplantó en las mieles del éxito. O que hayan demostrado una inocultable incapacidad para solucionar uno solo de los problemas que atraviesan esta nación desde hace décadas.

Que un 60% o más de los ciudadanos no quieran elegir a ninguno de los candidatos que hoy ocupan la grilla -sin diferencia de partido o jurisdicción- representa el peor fracaso de la política. La gente no cree que desde allí pueda venir ningún alivio a sus penurias y comienza a descreer de esta democracia así como está organizada. Las experiencias recientes en otras tierras, tanto en América Latina como en Europa, en las que personeros de la anti política se alzaron con el poder, aupados por el voto popular, es síntoma claro del descreimiento creciente de todas las sociedades con una actividad que se ha convertido poco a poco en un privilegio para pocos.

Y tal vez la política, tal cual la conocemos hasta ahora, pague en corto tiempo el mismo precio de abandono que el teatro, el cine o la televisión están pagando frente a la aparición de nuevos medios de comunicación y redes sociales que le permiten al hombre de a pie seleccionar, en soledad y sin presiones, los contenidos que más le placen y se ajustan a sus verdaderos intereses.

Aunque ello nos ponga frente al riesgo de la atomización y el individualismo que siempre anuncia la anarquía.

Cuidado entonces; que nuestros dirigentes y candidatos pongan las barbas en remojo antes que sea tarde. Porque más allá de sus personales intereses y ambiciones lo que está en juego es un sistema que llevó siglos construir hasta el momento de perfeccionarlo lo necesario para sostener los derechos de todos nosotros.

Y de ellos también….