Lo que nadie se atreve a decir del presente económico

Por Adrián FreijoAlgunos niegan la realidad y otros buscan moderarla con medidas insuficientes y tardías. También están los que buscan que todo estalle y se acorten los tiempos. Pero la verdad es una sola, y se la contamos.

Argentina  nunca supo interrumpir la inercia de sus crisis. Por especulaciones electorales -propias de un país que vive en campaña permanente- incapacidad de una dirigencia intelectual y moralmente discapacitada y también por una organización que recata los peores vicios del capitalismo, se niega a asumir sus virtudes como sistema de desarrollo y libertad y se conforma con postulados que supone progresistas y no son otra cosa que un asistencialismo decadente, lo cierto es que el país nunca intentó otra estrategia de salida que no fuesen las medidas artificiales, anacrónicas y que tan solo sirvieron para generar escenarios artificiales de estabilidad que fueron anticipo de nuevas explosiones.

Así pasó con el Plan Austral, con la Convertibilidad y con la pesificación asimétrica. Tres escenarios en los que se pretendió que el freno abrupto de procesos de espiral inflacionario sería base suficiente para volver al círculo virtuoso y sin embargo alimentaron nuevos tiempos tormentosos y nuevos artificios de maquillaje.

Hoy el decorado no varía demasiado y el argumento del gobierno quiere llevar el drama con parrafadas estentóreas que parecen querer estirar cada acto con la única intención de demorar la caída final del telón a la espera de un aplauso que todos sospechamos que no va a llegar.

El primer problema es el default y el segundo es la hiperinflación. De hecho, el default ya está entre nosotros y la hiperinflación, hoy ensayando un goteo creciente, muy probablemente terminará apareciendo.

Y la única forma de evitarlo es que el BCRA utilice las declinantes reservas de libre disponibilidad para limpiar las LELIQs, utilizando los dólares disponibles para pagar los depósitos privados a plazo fijo y recuperar rápidamente la confianza pública. De esta manera se recuperaría la confianza y se evitaría el submundo de versiones que tantas veces ha alimentado los estallidos aún más que las peores realidades técnicas de la economía. Porque el problema argentino es antes que nada político: los mercados, las empresas y la gente hace mucho que perdieron la fe en su dirigencia y, ante el menor cimbronazo, huye con todos sus activos -grandes o pequeños- buscando fuera del sistema la seguridad que este nunca le brindó.

Pero además existen datos objetivos para que todos desconfíen, teman y actúen en consecuencia. Y es que Argentina está en un default selectivo porque cambiar los plazos de pago unilateralmente es un default y extender plazos sin subir la tasa de interés y sin incrementar los montos nominales es bajar el valor del contrato en forma unilateral avanzando sobre la propiedad ajena. 

En los anuncios de Lacunza se discrimina entre los acreedores ya que teóricamente se le pagará con privilegio a las personas físicas tenedoras de LETEs y LECAPs, forzando a una espera no negociada a los bancos y fondos comunes de inversión tenedores de los mismos bonos como si no supiésemos que detrás de estas instituciones también hay personas reales.

Y si existiese sin embargo alguna duda, es bueno recordar que es un default porque si no se acepta la propuesta, no se cobra.

No hay especialista que no afirme hoy, aunque sea por lo bajo, que el segundo paso  de la cadena será el default con el FMI y que luego seguirá el default con los bonistas. Y también descuenta el mercado que una acuerdo con el Fondo para estirar los plazos de pago, que desde Argentina proponen tanto el gobierno como la oposición y que el organismo ya avisa que va a  analizar, terminará por asegurar los intereses de éste en desmedro de las acreencias de los tenedores nacionales.

En buen romance, otra vez los bancos y los organismos internacionales salvarán la ropa y los ahorristas argentinos serán los que terminen pagando el costo de los errores oficiales, al angurria financiera y la falta de seguridad jurídica de los depósitos en el país.

El próximo default puede ser el más complicado de la historia, ya que el FMI es un prestamista privilegiado que no acepta quitas. Algo que bien sabe Alberto Fernández y conoce Cristina, quienes estaban junto al ex presidente Néstor Kirchner cuando se realizó la reestructuración compulsiva de la deuda en el año 2005: al Fondo hubo que pagarle todo para que este aceptase que los demás tenedores de bonos viesen mermadas sus acreencias en porcentajes que oscilaron entre el 30 y el 50% de lo pactado.

El próximo gobierno deberá afrontar vencimientos con el FMI por US$ 51.701 millones a lo largo de su mandato y deberá agregar a este monto otros adicionales de capital en bonos por US$ 106.788 millones y de intereses por US$ 40.069 millones totalizando pagos adicionales de deuda por US$ 146.858 millones entre 2020 y 2023.

Eso significa que a los niveles de PBI en dólares de hoy en día la próxima administración  deberá afrontar pagos de deuda  por más de 50% del producto en sus cuatro años.

Pero si tenemos en cuenta que el dólar volverá a saltar y que en consecuencia el peso de la deuda en términos del producto seguirá creciendo concluiremos que la relación entre lo que hay y lo que se necesita para pagar la deuda no podrá evitar acelerar sus exigencias y eso nos llevará rápidamente a pasar del default selectivo al default con el FMI y por fin al default total.

Este es el escenario que nos espera y solo un gran acuerdo entre el oficialismo y la oposición peronista podría generar un espacio de solución que desde la previsibilidad permitiese ir desarmando cada uno de estos tres escalones, calmando a los acreedores y bajando el riesgo país con el consecuente mejoramiento de las tasas de interés.

Y un freno al espiral de crisis que al no resolver el tema de la deuda nos hará  caer una vez más en el infierno de la hiperinflación, que es el resultado natural, pero evitable, de la falta de reservas, la desaparición del financiamiento y la destrucción de la cadena de pagos y del mercado.

¿Se da cuenta el lector por qué siempre afirmamos que el problema argentino es político y no económico? Cada uno de los elementos que achican el horizonte y agrandan el riesgo deviene de la torpeza, el egoísmo y la falta de amplitud de miras de una dirigencia que pelea por el poder y solo piensa en las próximas elecciones mientras el país -ese con el que quien gane deberá lidiar durante cuatro años- se encamina a un abismo que hoy ya es inevitable.

Al que todos ven pero muy pocos nos animamos a describir…