Acampes: una ficción en la puja por plata y poder

Por Adrián FreijoMar del Plata también es centro de una jornada que está marcando el inicio de la batalla final por el dinero del asistencialismo.

 

Muchas cosas está poniendo en evidencia la crisis del poder político del país. Tras la insólita y desgastante pelea entre el presidente y su vice aparecen, ya no en el horizonte sino en nuestras propias narices, las caras más detestables de una realidad que viene desde muy lejos y ahora, sequía y ajuste mediante, pone las cosas en blanco sobre negro: no se trata de ideas, no se trata de proyectos, no se trata de principios y ni siquiera de la búsqueda de poder para modificar una realidad que apabulla; se trata simplemente de dinero, de caja, del manejo de miles de millones de pesos y la posibilidad de disponer de ellos y desviarlos en beneficio propio.

A lo largo de los años, desde las primeras expresiones «piqueteras» durante la presidencia de Carlos Menem, las organizaciones sociales han ido tomando el centro de la escena hasta desplazar en representatividad a la añeja estructura sindical argentina y, ni que decirlo, a los desprestigiados partidos políticos.

Con inteligencia se adueñaron de la calle, cooptaron voluntades entre las víctimas de las recurrentes crisis -con una fuerte consolidación de su poder durante el estallido de 2001 que encontró a la dirigencia tradicional escondida tras bambalinas tratando de pasar desapercibida ante el clamor del «que se vayan todos»- y dejaron claras evidencias de haber llegado para quedarse.

Personajes como Emilio Pérsico (Movimiento Evita), que maneja hoy la caja más grande del estado, Luis D’Elía, Juan Carlos Alderete (CCC) principal protagonista de aquellas jornadas históricas, Juan Grabois (CTEP) convertido hoy en un verdadero dolor de cabeza para el gobierno a partir de la toma de tierras que en muchas ocasiones son utilizadas para negocios personales y al que desde el estado se le dio un vuelo descontrolado pensando que serviría para aminorar el poder de otras organizaciones, son parte de un entramado de 193 organizaciones que viven del dinero público y cuyos líderes se niegan a ceder en su administración.

A veces por voluntad política -quedarse con la calle y la capacidad de movilizar a los largo y a lo ancho del país- y tantas otras por incapacidad, los sucesivos gobiernos engordaron el poder de dirigentes que luego no dudaron en tomar como rehenes a quienes les habían empoderado y financiado.

Hasta Mauricio Macri, a quien la sociedad puso en el poder harta de este estado de cosas, llegó casi a duplicar la cantidad de planes, con la misma sinrazón de sus antecesores: comprar dirigentes sociales y acotar las protestas ante reformas que a la postre ni siquiera intentó. Todo un ejemplo de sinrazón y gasto desbocado.

La pelea con Cristina y el compromiso de caída del déficit fiscal firmado con el FMI ponen a Alberto Fernández frente a una encrucijada que es a la vez una oportunidad. La idea de cambiar planes por trabajo genuino no responde entonces a un nuevo paradigma, que sería lo deseable, sino a la expresión de una necesidad presupuestaria que  está vinculada a la falta de fondos para seguir sosteniendo más de tres millones de subsidios que van directamente a las cajas de los líderes y muchas veces no llegan a la gente.

Y esos líderes saben del hartazgo de muchos de sus afiliados-rehenes, que en no poca medida están de acuerdo con ir reconvirtiendo la ayuda social en alguna actividad productiva que tenga además cierto grado de formalidad. Ellos saben que será muy difícil conseguir un empleo registrado bajo la órbita de la vetusta Ley de Contrato de Trabajo pero están dispuestos a ingresar en nuevas modalidades mixtas que, además de quitarlos de la bochornosa dependencia de ser tan solo mano de obra de protestas y movilizaciones por causas que ni comparten ni conocen, los vaya acercando a beneficios como una jubilación mínima o un sistema de salud más allá del implosionado sistema público.

Por eso el país entero es hoy testigo de cortes, tensiones y en algunos casos enfrentamientos. Y que solo son el inicio del fuego cruzado de una larga batalla en la que van a definirse muchas cosas en la Argentina.

¿Recuperará el estado el centro de la escena o seguirá siendo arriado por el chantaje de esta nueva casta que hace de la pobreza un negocio personal ya imposible de ocultar?…

¿Podrá la escasez presupuestaria suplantar lo que debió ser una decisión política sabia y consensuada con la sociedad y solo fue una impostura de discursos y mentiras entre socios que ahora no disponen de un botín suficientemente amplio para repartir a satisfacción de todos?…

En un momento en el que comienza a hablarse de un pacto nacional al estilo de la Moncloa española, arrancado desde la debilidad de un poder que se autodestruye día a día, será bueno que ya nadie siga alimentando la mentira de las organizaciones sociales.

Son estructuras cuasi mafiosas que se quedan con el esfuerzo de los argentinos solo con el argumento de la extorsión a la gente, a sus víctimas directas y al estado…

Y no otra cos.