Lucía: otra muestra de la locura de no tener Secretario de Seguridad

«El jefe de seguridad de Mar del Plata soy yo», repite hasta el cansancio el intendente Arroyo. «Mar del Plata es una ciudad segura», agrega contra toda estadística y razón. Basta.

Basta hablar con los vecinos de Playa Serena -como los de tantos barrios marplatenses- para comprender la sinrazón de la «no política» de seguridad a la que se ha abrazado Carlos Arroyo y el alto costo que ello significa para la ciudad.

Kioscos de venta de drogas, arreglos con la policía, personajes identificados con nombre y apellidos que regentean el submundo del narcomenudeo, arreglos y zonas liberadas, son en la zona en la que fue brutalmente asesinada la joven tan conocidos y comunes como en tantos lados de Mar del Plata.

Y para combatir este flagelo hace falta una seria tarea de inteligencia criminal; que no puede ser dejada en manos de una policía corrompida por el delito o de una fuerza nueva sin preparación ni conducción estratégica.

Mientras en toda la provincia los secretarios de seguridad comunales son los encargados de supervisar, informar y encauzar el trabajo policial para combatir esta verdadera explosión narco, el intendente local sigue jugando al «hombre duro» y solo favorece con su comportamiento al delito que, insólitamente, se encuentra en absoluta libertad para trabajar, transar y corromper a fuerzas sin conducción ni control.

Arroyo no sabe -como no sabe de tantas otras cosas del mundo real- que la lucha contra el narcotráfico y el delito requiere de un profesionalismo que no se improvisa ni se suplanta con gestos adustos, pilotos al estilo Gestapo o alusiones agotadoras a como se maneja una escuela.

Los traficantes no usan guardapolvo blanco; por el contrario los buscan como clientela de su asquerosa actividad.

Una muerte más, en un barrio asolado por la droga y en la que de haber existido un trabajo de inteligencia ya hace mucho tiempo se podría haber detectado la complicidad pólicial con el sujeto conocido como «El Brasilero» que maneja el tráfico y la captación de menores en los colegios se podría haber evitado el drama, tiene que ser el último escalón descendente de la escalera de la estupidez, la fatuidad y el ridículo. Este es el resultado de la política del pavo real, siempre entusiasmado en ser centro de la escena pero con ninguna utilidad a la hora de mostrar los logros.

Mar del Plata tiene que designar ya un Secretario de Seguridad, ponerse a trabajar en serio y dejar los voluntarismos de caricatura para cualquier otra ocasión.

O quienes gusten de interpretarlos tendrán que hacerse cargo de muertes que se podrían evitar si ellos se tomasen más en serio lo que ocurre alrededor.