Malnutrición infantil: la realidad que avergüenza a Mar del Plata

Datos alarmantes acerca de la malnutrición infantil en la ciudad. Tres décadas después de la recuperación democrática los chicos viven peor, los ancianos viven peor y todos viven peor. Grave.

El Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci) y la organización Investigación Para una Nueva Buenos Aires (Innoba) realizaron el primer Indicador Barrial de Situación Nutricional (Ibsn) en General Pueyrredon.

Una vez concretado, llegaron a una cifra que avergüenza a todos y debería ser un baldón para una dirigencia que suele presentarse como administradora de un tiempo democrático que cada vez muestra índices más angustiantes: el 45% de los chicos relevados tiene malnutrición.

El estudio presentado  en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Mar del Plata, se efectuó durante los meses de septiembre y octubre de este año sobre merenderos y comedores de 17 barrios del distrito: trece de Mar del Plata y los cuatro restantes de Batán.

Se relevaron 503 chicos, divididos en 4 grupos etarios: lactantes de 0 a 2 años, primera infancia de 2 a 6 años, segunda infancia de 6 a 12 y adolescencia de 12 a 19 años en el que relevamos la relación de peso y talla con la edad, lo que habla de un muestreo amplio y detallado.

Se detectó un 45% de malnutrición según cuatro indicadores: bajo peso, riesgo de caer en bajo peso, sobre peso y obesidad.

Entre los niños de 2 a 6 años, catalogados en la denominada primera infancia, el 50%, es decir, 1 de cada 2 niños, padecen  malnutrición.

En el período de lactancia, de 0 a 2 años, un 16% de los censados tienen problemas de baja talla, lo que significa que la malnutrición es crónica y que tiene que ver principalmente con las familias carenciadas en las que viven”.

Datos alarmantes que unidos a la creciente pobreza y marginalidad, el aumento del desempleo, la crisis de la educación, una infraestructura caminera vencida, la falta de energía, la recurrente inflación, la salud pública colapsada, la ineficiencia de la administración de justicia sospechada además de corrupción y con un sistema propio del S. XIX, la constante caída del mercado externo en su incidencia mundial y muchas otras cuestiones que podrían agregarse a esta triste lista, indican un fracaso constante y preocupante de una clase política que sin embargo se ha enriquecido hasta la obscenidad pese a la ineficacia de su accionar al servicio del bien común.

No nos extrañemos entonces del avance del populismo en el mundo entero y no estigmaticemos a quienes aquí en el país terminan eligiendo demagogos que se limitan a poner «distraídamente» en sus bolsillos alguna prebenda.

Porque mucho se puede hablar acerca de la buena política y la sana administración y mucho se puede criticar a la demagogia como constante en nuestra historia reciente. Pero estos niños y tantos otros y más adultos y miles de ancianos necesitan, hoy aquí y ahora, una calidad de vida que los aleje de estos riesgos de vida y de malformación.

Lo demás es puro palabrerío…