Malvinas: aquel día inolvidable y este presente de esperanza

Por Adrián Freijo El 2 de abril de 1982 será inolvidable para todos los que tenemos memoria de aquellas horas. Todo lo que vino después, triste y sorprendente, no borrará nunca el recuerdo.

El paso de los años, que a veces trae calma y tantas otras aumenta la crispación, fue develando una historia de locura, irresponsabilidad y crimen. Una historia en la que se juntan ambiciones, megalomanía, vicios personales y también otra vuelta de tuerca de esa locura que desde los albores del siglo XX fue creando una raza de seudo salvadores que salían pomposamente de sus cuarteles convencidos de ser los custodios de la grandeza de la patria, en un in crescendo de violencia que comenzó con un desfile de cadetes de Colegio Militar de la Nación que desalojó a Hipólito Irygoyen el 6 de setiembre de 1930, para culminar en aquella ordalía de muerte, torturas y secuestros iniciada el 24 de marzo de 1976.

Y como si la sinrazón no fuese suficiente, coronó en una guerra absurda, improvisada y contra natura que pretendió disfrazar de épica la oscura etapa final de lo que todos esperamos haya sido la última dictadura padecida por la Argentina.

Pero aquella mañana del 2 de abril de 1982, cuando amanecimos con la noticia de que la bandera nacional flameaba en Malvinas por primera vez desde 1833, todos sentimos una emoción nueva, diferente, apretada en algún lugar de nuestros corazones, que hará que esas horas sean por siempre inolvidables. No importa que a la postre representen un engaño más y una frustración añadida a la larga lista de dolores nacionales.

Malvinas nos unió, nos potenció como sociedad, nos hizo pensar por un corto tiempo que juntos todo era posible. Malvinas nos hizo buenos ciudadanos y mejores personas…

No habría una Pascua sin Pilatos y no era posible Malvinas sin Galtieri. Porque si recorremos la historia universal tomaremos nota de que las grandes cosas suelen comenzar con hombres muy pequeños cuyas debilidades desatan tragedias imparables que alguien sabe rescatar del abismo.

Los actos de heroísmo, las demostraciones impactantes de pericia de nuestros pilotos, las pequeñas grandes historias de valor de los “chicos de la guerra” -esos verdaderos hombres de apenas 18 años cuya entrega sorprendió hasta al más curtido de sus enemigos- jalonaron un sentimiento profundo que ni el olvido ni las mentiras de la historia oficial pudieron opacar.

Tal vez por eso todos sentimos que esas cruces blancas, que anuncian el lugar de descanso de tantos caídos por la Patria, son las tumbas familiares de cada uno de nosotros. Nos conmueven y también nos obligan; nos duelen pero al mismo tiempo nos esperanzan…

Son el símbolo de una historia común que marcha por dos vías paralelas: por un lado la reivindicación, la guerra, la diplomacia, la historia, la transculturización que tan difícil será de revertir, y por el otro el sentimiento, el orgullo por nuestros combatientes y la necesidad de rescatar aquellos momento de fervor que nadie podrá arrancarnos jamás.

De nosotros depende que ambos caminos, algún día, se junten para siempre en el horizonte de la Argentina….