Mar del Plata ve crecer la violencia y ya se enciende la alarma

Por Adrián FreijoLas últimas semanas han marcado una tendencia creciente en los hechos de violencia que ya venían alarmando a la población. Una sensación de descontrol que debe erradicarse.

En muchas ocasiones un hecho en particular sirve para que la sociedad encienda las luces de alarma. El asesinato a una joven de 15 años ocurrido en medio de un enfrentamiento entre dos bandas antagónicas de los barrios Santa Rita y Pampa ha sido uno de esos casos.

Las circunstancias que rodearon el hecho, el saber que la víctima estaba embarazada y, una vez más, la errática participación de las fuerzas policiales, que pudieron haber evitado la tragedia, lograron que todos tomásemos cuenta de la indefensión de los ciudadanos frente a la violencia creciente de bandas juveniles que hoy parecen dispuestas a resolver todo a los balazos.

Y el ejemplo de Rosario, no hace mucho en el mismo estadío en el que hoy nos encontramos, se eleva como una sombra funesta sobre el futuro de Mar del Plata.

Mientras la comunidad se encuentra abocada a la cuestión de la emergencia sanitaria y sus consecuencias sobre el futuro económico de todos nosotros y el poder multiplica sus esfuerzos para atender una y otra cuestión, ese temblor cada vez menos submarino en el que se mezclan la droga, la marginalidad y la violencia parece haber resuelto salir a superficie, sin disimulos no prudencia alguna, para marcar el nacimiento de un nuevo tiempo en el cual cada uno de nosotros puede perder su vida o la de algún ser querido.

Los barrios marplatenses son tierra de nadie y sus habitantes dependen de su propia capacidad de defenderse o directamente aislarse. Saben que nada pueden esperar de las fuerzas de seguridad y sienten, tal vez más que nunca, que han sido abandonados a su suerte.

Como telón de fondo una justicia incomprensible, dispuesta siempre a devolver a la calle a cuanto delincuente caiga en sus manos y sin importar la violencia de sus actos. Esa misma justicia que luego se rasga las vestiduras cuando de reformularla se habla.

La clase política lugareña no ha estado ni está a la altura de los acontecimientos. Frente a la carencia de ideas o de coraje para encarar esta lucha con la firmeza y la claridad que es menester -cuando no por una miserable especulación electoral que se detiene a contar la cantidad de votos de los inadaptados y sus allegados- los supuestos representantes de la comunidad, quienes están obligados a conducirla, hacen mutis por el foro, limitan el tema a cuestiones superestructurales que poco y nada tienen que ver con la angustia cotidiana de los vecinos y prefieren echar mano al pretexto de que la seguridad y las leyes son responsabilidad de otras jurisdicciones.

Mar del Plata está indefensa, sola, postrada ante una violencia creciente que comienza a ganar sus calles para convertirnos en un estado anárquico en el que algunos fijan sus propias leyes y las imponen por la fuerza sobre el conjunto.

Una niña-mamá de quince años ha visto truncada su vida, sus sueños y su maternidad, por un grupo de delincuentes, protegidos por un entorno tan marginal como ellos mismos, que resolvieron una madrugada que los problemas con sus rivales de ocasión se dirimían a los tiros.

Todos esperamos una respuesta de nuestras autoridades y exigimos que la misma sea con toda la fuerza que la ley haga factible. Pero tememos que otra vez los discursos dejen luego paso al olvido.

Hasta la próxima muerte…