Masivas marchas en todo el país muestran una tensión creciente

RedacciónAlgunos puede creer que a las marchas opositoras «hay que dejarlas correr» y que se agotan en sí mismas. Cuidado, ignorar el malhumor social no suele ser inteligente ni conveniente.

Algunos asesores del gobierno nacional prefieren ignorar la importancia del creciente malhumor social. Piensan que las cada vez más numerosas marchas opositoras no son otra cosa que la demostración de un antiperonismo tan rancio como inútil y que quienes ganan las calles de la república son emergentes de una clase media acomodada «que siempre va a criticar a cualquier gobierno popular».

Grave error de ingenuidad, pecado de soberbia y el peligro de pagar muy caro -y hacérselo pagar a la república- el precio de no entender la imposibilidad de sostener en el tiempo un país partido al medio. Cualquiera sea quien lo gobierne.

Porque el telón de fondo del descontento popular puede ser hoy el escándalo de los vacunatorios VIP y el disparate de priorizar a jóvenes militantes -a los que se los forma en la convicción del privilegio y la militancia como rasgo de nueva oligarquía- pero la realidad es otra y no hace falta más que mirar cualquier encuesta, de las más variadas e interesadas consultoras, para darse cuenta que la economía, la inflación, el desempleo, la inseguridad y la corrupción empujan al hartazgo a muchos más argentinos de los que pueden querer expresarse en las calles.

No es cierto que el país esté dividido en dos mitades. A los dos lados de la grieta se le suma ahora un tercer movimiento, que surge entre las orillas del odio ideológico, y que contiene a la inmensa mayoría de los argentinos. Y es el de los que ya no quieren (no queremos) más grietas, insultos, imputaciones y todas las demás consecuencias de este péndulo perverso a cuyo vaivén nos someten los que solo ven en la destrucción del otro el objetivo de su vida política.

Los que están hartos de ver partir a sus hijos, los que quieren poder vivir en la normalidad cotidiana del trabajo, del estudio, de la planificación de un futuro, de la vigencia de un estado de derecho que tenga a todos los argentinos como iguales sujetos de derecho, los que exigen dignidad para los viejos y futuro para los jóvenes. Los que, en definitiva, siguen (seguimos) pensando que un país normal es posible y merecido.

Si dentro de la disparada interna del oficialismo hay alguno que cree llegada la hora de desplazar al presidente para suplantarlo por aquella a quienes muchos rinden pleitesía virreinal, se equivoca: los argentinos no van a aceptar una maniobra semejante.

El «vamos por todo» se convierte así en una frase de sainete, sin seriedad ni aporte a la verdadera trama de esta historia, y tan vacía de contenido como el «que se vayan todos» que se esgrime desde la otra vereda.

En pocos meses tendremos oportunidad de comenzar a resolver este rompecabezas; las elecciones legislativas nos darán la chance de otorgar roles, mayorías y minorías.

Si queremos que el gobierno siga imponiendo su agenda, manejando la economía como lo hace hasta ahora, avance sobre la reorganización de la justicia y se frenen las causas por corrupción, podremos conseguirlo votando las listas del Frente de Todos y consagrando, al fin, un modelo de país que viene asomando desde 2003 y aún no ha podido instalarse definitivamente.

Si en cambio buscamos dar vuelta la página, controlar al Ejecutivo desde el Congreso, apostar por la división de poderes e impulsar la necesidad de un diálogo en el que el oficialismo no cree pero no podrá evitar en el caso de convertirse en minoría, habrá que apoyar a la oposición en cualquiera de sus variantes, siempre y cuando lleve en sus listas a quienes aseguren fidelidad al mandato popular y no busquen una banca para seguir adelante con la grieta.

Tal vez nosotros podamos estar a la altura de la hora…¿podrá la clase política?.

Más le vale…porque es posible que si vuelve a defeccionar esa tercera fuerza, la de los simples ciudadanos que busca la normalidad, salga por fin a la calle y quiera barajar y dar de nuevo.

Lejos del juego de tahúres en que se ha convertido la política.