MENOS INDULTOS Y MÁS REPÚBLICA

A pocas horas de morir el presidente que firmó los indultos más cuestionables de la historia nacional, el actual gobierno pretende transitar un camino similar. No repetir errores es muestra de inteligencia.

La historia contemporánea argentina tiene un largo derrotero de impunidades a las que se disfraza de indultos, amnistías o simplemente mañas judiciales.

En una punta de este dislate se acumulan ladrones, genocidas, golpistas, corruptos, prevaricadores, funcionarios desleales y, en todos los casos, personas que han violado sistemáticamente la Constitución Nacional.

Hace pocas horas murió Carlos Saúl Menem, el presidente que firmó el indulto que devolvió a la calle no solo a los responsables del terrorismo de estado, de los secuestros, torturas y apropiaciones sino también, y es bueno no olvidarlo para no caer en la estigmatización ideológica, a quienes tomaron las armas en contra del orden constitucional entonces vigente y en nombre de una imaginaria lucha del pueblo cayeron en el mismo camino de violencia y sinrazón de aquello que decían combatir.

Y no se trata de revivir la remanida teoría de los dos demonios; se trata de recordar que violar la ley, utilizar la violencia solapada y atentar contra la población civil -aún en el nombre de los más excelsos valores- es propio de quienes no son capaces de ubicar a sus semejantes por encima de sus intereses facciosos. Por izquierda o por derecha…

Y ahora, una vez más, se hace carne aquella frase aristotélica afirmante de que «la única verdad es la realidad»: desde la vereda en la que se estigmatizó a Menem por los indultos de antaño surgen voces que exigen del actual presidente una actitud similar con quienes se encuentran condenados y procesados por delitos de corrupción. Y lo más preocupante es que semejante pedido surge de las cercanías de la vicepresidente de la república, colocando en el tapete otro de los dramas argentinos que ha sido desde siempre la debilidad de la fórmulas presidenciales y el costo en crisis que esas divisiones internas supieron generar.

Triste país en el que todos sabemos que hasta las peores violaciones a la ley serán resueltas en el tiempo por intereses políticos e invariablemente con el premio del olvido y la ausencia de castigo.

Tal vez sea llegada la hora en la que quienes no nos movemos por adhesiones ciegas o miserables nos atrevamos a levantar la voz para advertir sobre el riesgo de sostener esta perversa costumbre de la historia y además recordar la inutilidad de de ella: los amnistiados de 1973 volvieron alegremente a las andadas, los indultados de 1990 debieron retornar a sus banquillos pocos años después y los posibles beneficiarios de una nueva medida exculpatoria de las causas de corrupción seguramente retornarán tras las rejas cuando un gobierno de otro color político resuelva conformar a sus votantes con la anulación del indulto que tal vez se esté firmando por estas horas. Nada es permanente en un país acostumbrado a cambiar las reglas de juego a cada momento.

Menos indultos, menos atajos y más república. Cumplir con la ley siempre es duro y el camino de la virtud es necesariamente más largo que el atajo del oportunismo. Pero de saber asumir las consecuencias de lo correcto depende en este caso terminar con la larga historia de violencia y corrupción que enmarca nuestra historia.

Y comenzar, tal vez, a vivir una sociedad capaz de premiar a los buenos y castigar a los malos. Así de simple…