«Muerte al fútbol» entre el municipio y los organizadores

Por Adrián FreijoLa incapacidad del gobierno comunal y la angurria sin límite de la empresa organizadora asestan al fútbol de verano una puñalada mortal que difícilmente supere.

El fútbol argentino es un cachivache en el que la violencia, la corrupción, la peor cara de la política y la convicción de que solo se trata de un negocio y nada tiene de deporte han puesto sobre la mesa un cóctel de decadencia que por momentos amenaza ser mortal.

El fútbol de verano fue durante décadas un clásico de las temporadas marplatenses. La presencia de los grandes del país -con esos estandartes que se llaman Boca y River como líderes de cualquier convocatoria- tuvo muchas veces como acompañamiento a clubes de la importancia de Peñarol y Nacional de Montevideo, Palmeiras, San Pablo, Santos -con Pelé incluido- Cruzeiro y Corinthians de Brasil, Dynamo de Moscú, Estrella Roja de la por entonces Yugoeslavia y tantos otros protagonistas de nivel mundial.

Veranos en los que ir al Estadio San Martín primero y al Minella después era ser parte de lo mejor que el fútbol podía ofrecer en esos tiempos. Y disfrutar una verdadera fiesta que encontraba en los impecables campos de juego el continente perfecto para participar en familia de un espectáculo que llegaba con garantía de calidad.

Poco a poco la actividad se fue prostituyendo y las barras con su carga de violencia irracional fueron tomando el centro de la escena. Y lo hicieron con la complicidad del poder político que descubrió de la noche a la mañana que acercarlas a «la militancia» garantizaba poder territorial, buenos negocios y acceso al mundo del fútbol que poco a poco fue colonizado por punteros, caudillos y hasta presidentes.

Claro que, aún sin el brillo de antaño, el fútbol de verano fue siempre rescatado por los sucesivos gobiernos comunales que entendían que la actividad ya estaba incorporada como un clásico de la temporada estival.

Hasta ahora…

La desvaída imagen futbolera de este triste verano marplatense tuvo en el partido Boca-Aldosivi su punto culminante. Miles de personas debieron caminar en la más absoluta oscuridad, sin un solo agente de policía vigilando el lugar, para llegar al sector que debían ocupar los simpatizantes del equipo local.

En la Avda. de las Olimpíadas, convertida en tierra de nadie, cada persona y cada familia quedaba librada a su suerte. Un tétrico anticipo de lo que ocurriría al final del encuentro cuando los organizadores resolvieron mantener cerradas las puertas del sector que ocupaba esa parcialidad hasta la una de la madrugada sin siquiera pensar que todos ellos deberían desandar el lóbrego camino con la presencia en la calle de las barras de ambos equipos haciendo de las suyas.

Mientras del otro lado del estadio, también por la indiferencia de los organizadores, las familias que habían reservado localidades en la platea descubierta debían compartir acceso con «La 12», encabezada anoche por el propio Rafael Di Zeo pese a la prohibición legal de acceder a los estadios argentinos, que atropellaba a quien se cruzase en su camino. Y que llegó a la cancha tras toda una jornada de ingesta alcohólica en la que asoló las playas de la zona de Varese sin que ninguna autoridad atinase a hacer nada para evitarlo.

Así entre la incapacidad enfermiza de Arroyo y los suyos para gobernar y la avidez de los organizadores preocupados solo por la cantidad de tickets cortados y no por la seguridad y bienestar de quienes los pagan, lo que debía ser una fiesta se convirtió en un estado de ansiedad, temor y angustia que a nadie importaba.

Son muchas las cosas que hacemos mal los marplatenses y sólido el camino emprendido hacia la decadencia; y el fútbol no podía estar al margen. Pero es de esperar que terminado este tiempo oscuro de la ciudad, absorta ante un gobierno comunal que solo piensa en pelear contra molinos de viento y no ha realizado un solo acto tendiente a mejorar la calidad de vida de los ciudadanos y el estado calamitoso de Mar del Plata, las nuevas autoridades elegidas en los comicios de este año comiencen a desandar muchos caminos de decadencia y que esa actitud también llegue al fútbol de verano, para que vuelva a ser ese mojón importante de todas las temporadas locales.

Que se mantenga el estadio, que se iluminen sus adyacencias, que se cuide a la gente, que no se la mezcle con mal vivientes y violentos. Y que quienes pretendan organizar la actividad sepan que, aún ganando un poco menos, deberán asegurar que para los concurrentes sea una fiesta y no un martirio.

Porque de no ser así…será mejor que el fútbol, o esta caricatura que pretende serlo, busque otras playas para sus trapisondas.