Ni compadritos ni soberbios dejan herencia alguna

Por Adrián FreijoLos lamentables hechos que involucraron una vez más al Secretario de Hacienda de la comuna deberían servir para que el intendente reflexionase.

Cualquier actitud violenta debe ser criticada, porque de ello depende que como sociedad terminemos de aceptar que hasta los enconos más agudos deben ser resueltos dentro del marco del diálogo y la convivencia. Y el escrache es una de las tantas formas de violentar que en nuestro país se ha convertido en una triste costumbre que entre todos debemos desterrar para siempre.

No es bueno que docentes marplatenses se abalancen sobre un funcionario, lo insulten y se pongan en riesgo de que alguien pueda denunciar una agresión física de parte de quienes tienen la sagrada responsabilidad de educar a nuestros hijos. Tal vez como ningún otro sector social los maestros tienen la obligación de respetar a como sea los métodos pacíficos, racionales y ajustados a la norma y la costumbre. Porque eso es lo que los padres les pedimos transmitir a los chicos que dejamos en sus manos.

Pero igual o mayor obligación de mostrar moderación republicana tiene el funcionario cuyas decisiones, acertadas o no, afectan en forma directa la vida del ciudadano. Un hombre de gobierno que no dialoga, que no atiende razones, que no se detiene en pensar el daño que una firma suya puede producir al modificar para mal el ingreso y la calidad de vida de una persona y que además disfruta de una actitud provocativa, compadrita e irrespetuosa, está demostrando que nada ha entendido acerca de su papel de servidor público y que tan solo es uno más de tanto farabute con aspiraciones virreinales que han llenado la historia argentina de fracasos. Un mediocre cuya tarjeta con escudito irá siempre por delante de sus propios méritos.

Hace pocos días Gustavo Blanco, Secretario de Salud de la comuna, hoy Hernán Mourelle, alguna vez Alejandro Vicente zamarreando a una contribuyente…y siempre Carlos Arroyo apoyando los desmanes de sus colaboradores y redoblando la apuesta desde sus agresiones verbales.

Ya de por sí será bastante triste la herencia que dejará esta administración que se acerca a su fin. Aunque seguramente la guillotina del humor popular será la que penda sobre la cabeza de todos los que lo hayan integrado.

Las tonterías a flor de labios, los anuncios fallidos, las frases grandilocuentes vacías de contenido, la puerta giratoria de un gabinete que no se ha conformado aún cuando faltan pocos meses para dar tristes hurras en la puerta de salida hacia el olvido que siempre condena a los inútiles, la figura caricaturesca del jefe comunal -mezcla de jerarca de las SS y detective Columbo- serán por mucho tiempo alimento de miles de chistes y bromas que se repetirán integradas para siempre al imaginario local.

Pero un gesto, aunque sea un solo gesto de afectada civilización, podría dejar en la retirada la imagen de un intendente equivocado, obcecado y sin ideas pero al menos con algún grado de respeto a la convivencia: sancionar con el despido a un funcionario como Hernán Mourelle que una vez más pretendió hoy provocar a los docentes en una actitud inentendible, irresponsable y hasta rayana en la falta de contacto con la realidad.

Sabía que caminar entre ellos con mirada altiva y desafiante, en medio de una protesta que justamente lo tenía como destinatario, era convocar los demonios de la violencia; y lo hizo, tan adrede como innecesariamente. Ya lo había hecho en su momento frente a cooperativistas a los que también unilateralmente y sin siquiera atenderlos les había dejado de pagar por trabajos efectivamente realizados. Y la reacción fue similar.

Triste imagen la de este gobierno que disfruta de la provocación, del desprecio por el otro, de la desmesura como único credo y religión. Y doblemente triste en un funcionario que aún lleva sobre sus espaldas la grave denuncia de haber acosado sexualmente a una empleada como condición de resolverle favorablemente un reclamo personal.

Y ni que decir del jefe de todos ellos, tan orondo a la hora de definirse como un educador y tan «distraído» cuando se trata de ubicar a sus impresentables secuaces.