No es el submarino, no es la Marina, no es la prensa: es la Argentina

Por Adrián FreijoCon el drama en pleno desarrollo indigna ver que ya empieza la carrera siniestra del “yo no fuí”. La política, como siempre, vuelve a llevar a la verdad lejos de la escena.

Pasó con la AMIA, con la Embajada de Israel, con Cromañón, con las responsabilidades profesionales en Malvinas, con los trágicos aludes de Salta por obras de contención que figuraban hechas solo en los papeles. Pasa con los desbordes del Salado que arrastran vidas y riquezas por la desaparición de miles de millones de dólares que fueron entregados para construir una infraestructura que ni siquiera asoma.

Pasó con aquellos torpedos SST-4 del submarino ARA San Luis que durante el conflicto en el Atlántico Sur perdían su teledirección o quedaban a expensas de malos cálculos humanos por que sus costosísimas computadoras nunca funcionaron.

Y pasa siempre; y seguirá pasando siempre mientras la política argentina -con militares, civiles o marcianos al mando- siga siendo un unido de corrupción insalvable.

Por estas horas comenzamos a llorar -por ahora quedamente y a la espera de algún extraño milagro- la vida de 44 seres humanos que se prepararon metódica y responsablemente para un trabajo delicado, exigente y peligroso: patrullar y/o combatir en ese abismo insondable al que hemos bautizado con el contundente nombre de “Mar”.

Y ese escenario los esperaba con todas sus armas desplegadas en forma de oleaje, tormentas, vientos enloquecidos y sobre todo con su infierno de profundidad escondido por debajo de esa superficie hostil.

Pero nuestros marinos pudieron ganar esa batalla si hubiesen contado efectivamente con el instrumento que creían tener para afrontarla: un submarino en plenitud y una cadena de mandos responsable que pensase primero en la vida de los que en él navegaban.

Y aunque aún sea muy temprano para sacar conclusiones, sospechamos que como en todos los casos que enumeramos al principio de esta nota, ninguna de esas realidades estuvieron presentes.

Ahora vendrá el tiempo de sacarse el sayo. Que fue Cristina con su universo de corrupción cuando el servicio de puesta a nuevo, que fue Macri por no haber dispuesto el presupuesto para el mantenimiento estos dos años, que fue la Armada que no comunicó con la fuerza necesaria que había cosas -lo decían constantemente los tripulantes- que no funcionaban correctamente.

Y el tiempo como aliado morboso y la mentira como estrategia constante lograrán,una vez más, que la verdad se aleje del centro de la escena.

Porque más allá de responsabilidades puntuales, como siempre ocurre aparece tras la montaña la verdadera culpable de este estado de cosas que nos ha convertido en el país en el que la verdad nunca se sabe: la Argentina…y los argentinos.