Periodismo: La profesión que nunca debe darse por muerta

Por Adrián FreijoHoy es el Día del Periodista y  nuestra profesión pasa por uno de los momentos más bajos en la confianza de los ciudadanos. Pero la decadencia debe ser impulso y no final.

Argentina es un país con una alcurnia periodística ciertamente envidiable. Algunas de sus mentes más brillantes y de sus estadistas más determinantes surgieron o transitaron por esta profesión que si no es vocación arrasadora e innegociable se convierte en la nada misma.

Mariano Moreno, en cuyo honor se celebra esta fecha por ser el hito inaugural de La Gaceta de Buenos Aires, el primer periódico del país en libertad, es solo un hito en una larga lista que engrosan Manuel Belgrano, Juan Bautista Alberdi, Domingo Faustino Sarmiento, Bartolomé Mitre, Nicolás Avellaneda, Carlos Pellegrini y tantos otros constructores de un país que, aún plagado de sombras, supo ser un modelo de cultura y brillo intelectual. Y la lista podría engrosarse, hasta superar el centenar de periodistas paradigmáticos de la Argentina, porque en un tiempo que aún no está tan lejano era justamente la cultura lo que caracterizaba a una sociedad ávida de aprender. No es raro entonces que la prensa no pudiese darse el lujo de la mediocridad en quienes hacían de la pluma y la palabra la espada de la organización nacional.

Pero los tiempos han cambiado y, como en tantos otros estamentos de la vida social de los argentinos, la incultura y la falta de valores se ha enseñoreado en nuestra profesión, convertida desde hace varios años en territorio de ganapanes que suelen confundir la fama con el prestigio, el poder con la capacidad de formar y la chabacanería con la imprescindible necesidad de comprender a la sociedad y acercarse a ella con la misión de informarla, formarla y elevarla culturalmente.

Si el hombre de prensa tiene el mismo vocabulario que el común de la gente, si reacciona ante los hechos con la misma impronta del conjunto en ves de tomar la distancia necesaria para un juicio ecuánime, si no sabe distinguir lo importante de lo aleatorio, si acomoda su análisis y la elección de sus temas a la conveniencia personal -sin importar que para ello lo mueva el interés económico, el miedo o tan solo la mediocridad- podrá ser llamado de muchas formas pero nunca periodista.

La necesidad de cultivarnos, aprender, superar día a día nuestra propia vara, ampliar los instrumentos de comprensión y análisis, penetrar con convicción en esa maravillosa alianza entre lo ético y lo estético que nos obliga a decir lo que corresponde y hacerlo de la mejor y más sólida manera posible, será algo que acompañará por siempre a esta profesión, convertido en un principio irrenunciable.

Hoy la sociedad no cree en nosotros. Nos observa como merodeadores del poder, buscadores de migajas en el banquete de los poderosos y no ve esfuerzo alguno por elevarnos sobre la medianía y aportar calidad informativa, semántica y conceptual capaz de dejar en quien nos escucha, nos mira o nos lee algo más que el impacto del sensacionalismo o la grosería que pretende travestir la impotencia en show.

Pero que nadie crea que el periodismo está muerto; a lo sumo sufre en un tiempo de usurpación del que deberá salir tarde o temprano utilizando ese poder de supervivencia que ha demostrado a lo largo del mundo en horas de persecuciones, censuras y ataques de todo tipo. Y siempre salió fortalecido…

Y otra vez será así porque mientras quede sobre esta tierra un solo periodista con deseo de perfección…el periodismo no habrá muerto.

Tan simple como el devenir del mundo cada día.