Por Adrián Freijo –Con pocos intendentes leales, cuestionada por su estilo de conducción y pretendiendo ser prenda de unidad, la ex presidente ve como día a día el poder se aleja y la soledad llega.
La cumbre protagonizada por Cristina Fernández de Kirchner y veinte intendentes incondicionales a su figura en la sede del Instituto Patria no tuvo para la ex mandataria el resultado esperado.
Afuera no más de un escaso centenar de incondicionales sobreactuaban su papel de «multitud», muy lejanos aquellos tiempos en los que entre propios y movilizados se movía rodeada de verdaderas mareas humanas.
Adentro, entre los que necesitan de su figura para ocupar alguno de esos espacios que se les niegan por falta de mérito o liderazgo, una muy escueta cantidad de intendentes, no menos dirigentes de segunda línea y caras entre hoscas y hastiadas de seguir poniendo la cara para recibir adminiciones, que mucho hacían recordar a la molesta paciencia de Sancho Panza frente a la retórica vacía de razón del Quijote.
Cristina ordena, dibuja estrategias, plantea caminos de resurrección; pero todo lo hace en base a la limitación imposible de esquivar de una realidad muy distante a la que imagina o quiere imponer. Y es que ni el país ni el peronismo son lo que ella pretende, y ya no tiene ni la lapicera, ni los fondos ni los funcionarios obsecuentes para disfrazar las cosas tal cual son.
Ni siquiera los números que la siguen mostrando como la dirigente con más intención de voto del sector le sirven para imponer condición alguna: esa intención de voto no alcanza para ganar y los dirigentes del justicialismo comienzan a pensar que en un escenario de polarización otra candidatura podría atraer en mayor medida la de sectores que reniegan del oficialismo y que hoy, por ejemplo, descansan en las playas de Sergio Massa. Por lo demás todos se muestran hartos de un estilo de conducción que los mantuvo una década entera entre el miedo y la necesidad.
A la salida del forzado encuentro, uno de los intendentes con mayor poder de convocatoria y de un distrito al que todos miran como definitorio, sostenía que «hay que evaluar muy bien si al peronismo le conviene empujar a la sociedad a volver a un pasado que ya rechazó o mostrar una cara distinta, más democrática, aunque sea con viejas y conocidas caras. No podemos ni como espacio ni como individualidades dar el mensaje de que no somos capaces de una renovación que la gente nos pide desde el 2013». Es claro que el «volver al pasado» tiene nombre y apellido: Cristina.
Saben todos que el gobierno apuesta todas sus cartas a la división y temen que un escenario con tres peronismos (Cristina, Randazzo y los gobernadores y por supuesto Massa) asegure el triunfo de Cambiemos en octubre. «Si eso pasa no volvemos más» anticipan los más escépticos.
Lo cierto es que tras el encuentro en Patria, la hasta ayer todopoderosa dueña del poder interno tiene hoy en claro que ese tiempo se evaporó y que hoy su futuro personal depende más de sus frágiles acuerdos de necesidad con el macrismo que de la lealtad de los propios.
Que además se preguntan por estas horas si ella rinde más como candidata o como mártir encerrada en una celda. Lo que Macri no quiere, Carrió empuja y «los suyos» aceptan como una forma de que esté sin estar.
Lo que es cierto y definitivo es que la ansiada unidad no tiene hoy perfume santacruceño…


