Arroyo: pintado y colgado como un mal cuadro

Por Adrián FreijoEl combate perpetuo terminó en una derrota sin gloria ni retorno. Confundir el gobernar con el mandar fue el pecado original de una gestión que se termina en medio de la peor indiferencia.

Si algo no podrá argumentar Carlos Fernando Arroyo es que no fue avisado por todos que por el camino elegido iba a un fracaso estentóreo. Se lo dijeron sus aliados, a los que maltrató sin disimulo alguno, se lo gritaron sus opositores y se lo remarcó la prensa que quedó lejos de la abultada billetera con la que pretendió construir un círculo de adulones que, a cambio de unos buenos pesos, pretendía encontrar virtud donde había vicio y silenciar todos los pecados de corruptela que rodeaban a una administración solo ocupada en salvar parientes, «premiar» amigos y encarar la siempre ímproba tarea de tapar el sol con las manos.

Muchos funcionarios con dignidad y lucidez prefirieron huir de un gobierno que marcó su destino desde el primer día de gestión. Otros fueron eyectados por el pecado de señalar los errores que se estaban cometiendo. Y hasta hubo alguno que cayó por su propio peso, una vez que en su torpeza y ambición dejó en evidencia que la pretendida influencia era tan solo una vía para asegurar sus propios negocios.

Pero el hombre estaba demasiado empecinado en mandar y se olvidó de aquel sabio adagio que sostiene que gobernar es persuadir…

En su demencial pelea con la realidad Arroyo prefirió rodearse de groseros, mediocres y adulones. Cayó en el pozo de quienes no entienden el valor de administrar lo ajeno con la prudencia y humildad que solo los grandes estadistas han mostrado a lo largo de la historia; esos que dejan huella en sus pueblos y son recordados como hombres rectos aún más allá de los resultados de su gestión.

En largas tenidas gastronómicas, tal vez empujados por el vapor de uno de esos vinos que suelen consumir los imbéciles que adquieren sorpresivo bienestar de la mano del erario público, se diagramaron peleas, se inventaron enemigos y se cayó en el peor de los vicios de los enajenados: creer que la sociedad pedía épica guerrera sin tomar en cuenta que la demanda era de atención a la salud, a la educación pública, al estado del equipamiento urbano, a la higiene ciudadana y sobre todo…a la paz social.

Los maestros, los empresarios, los trabajadores municipales, la prensa no complaciente, el propio Concejo Deliberante, los ruralistas, los concesionarios de balnearios, los clubes deportivos, las instituciones religiosas, los martilleros públicos, los automovilistas, las sociedades de fomento, nadie quedó fuera de la persecución, el maltrato y la soberbia.

Las urnas dieron su veredicto en forma de mazazo: la sociedad gritó basta, chau, no es esto lo que queremos.

Y el rey quedó desnudo, demudado, expuesto. Todo sus sueños de grandeza se derrumbaron formando una pila desprolija de escombros y reproches.

Los intereses quedaron expuestos y las traiciones se convirtieron en pan cotidiano. «Sálvese quien pueda» pareció ser el nuevo apotegma de una administración en retirada en la que el «yo no fuí» es el único y postrer grito de guerra.

Como a un cuadro colgado en un museo los marplatenses miramos al pequeño dictador sacudiéndose en su rencor, furioso por tanto «ignorante» que no supo comprender la magnitud de su obra. No sorprende que quien no supo entender el valor de un triunfo no logre captar la magnitud de la derrota.

Colgando de la pared de la historia, enmarcado en sus propias incoherencias, pintado con el trazo grosero del principiante, Carlos Fernando Arroyo comienza su retirada sin gloria y sin recuerdo.

Se creyó obra de arte…terminó representando palotes sin sentido ni interés alguno.