Plaza del Agua: una cuestión de oportunidad

Por Adrián FreijoEl debate acerca de la conveniencia de entregar a un privado la explotación del lugar por 15 años no sigue la lógica del tiempo que vivimos. Lo deseable y lo posible.

No vamos a abundar acerca del gastado debate entre lo público y lo privado. Es conocida la postura de esta publicación acerca de la necesidad de incorporar capitales externos al funcionamiento del estado cuando hacerlo significa no abandonar las obligaciones del mismo y por el contrario potencia el funcionamiento de áreas que no tienen que ver con los servicios esenciales.

Ya hace muchas décadas que la opción público-privado aparece como un anacronismo, siempre vinculado a cuestiones que más tienen que ver con lo ideológico que con la realidad. Y que en muchos casos se convierten en una trampa tendida por el prejuicio para sosalayar la cuestión de fondo que no trata de otra cosa que la capacidad del estado para controlar el cumplimiento de los contratos, la ineficiencia de la burocracia o simplemente la corrupción commo telón de fondo.

Dicho esto, aparece en el centro de la escena un elemento que en muchos casos se convierte en definitorio: la oportunidad.

Se debate por estas horas la concesión del espacio conocido como Plaza del Agua a un privado, vinculado con el poderoso Grupo Clarín, que se haría cargo del sector durante quince años, comprometiendo obras de puesta en valor, actividades gratuitas vinculadas al arte y a la cultura y otra serie de contraprestaciones que darían al lugar el brillo que ha ido perdiendo año a año hasta llegar a un grado de deterioro y abandono preocupante.

Como ocurriese en su momento con el Torreón del Monje y más acá en el tiempo con la Vieja Estación Sur, estos sitios abandonados conspiran contra la imagen de la ciudad y la privan de atractivos turísticos y comerciales capaces de atraer visitantes y a la vez generar puestos de trabajo tan necesarios como escasos. En estos dos casos la mano del privado y la inversión realizada devolvieron el brillo de antaño y terminaron convirtiéndolos en emblemáticos de la actividad lugareña.

Hoy el Torreón es visita obligada de los paseantes y el Paseo Aldrey recorrido de miles de lugareños y turistas que lejos están de sumergirse en los estériles debates que puedan generarse en torno a sus circunstancias. Ambos lugares, de la mano de la inversión privada, brillan como en sus mejores momentos y se convierten por derecho propio en íconos de Mar del Plata.

Queda entonces resolver la oportunidad de entregar la Plaza del Agua a quien demuestra interés en potenciar el lugar con un proyecto impactante que, en el caso de concretarse, dará un fuerte impulso a la plaza y a todo su entorno. Un debate que se agota en una sola pregunta, cuya respuesta por obvia se convierte en ociosa: ¿está en condiciones el estado municipal, o la empresa titular que es OSSE, de destinar fondos de su presupuesto para el emprendimiento?. 

Ciertamente no; las carencias en materia de equipamiento urbano y servicios, las siempre deficitarias cuentas municipales, la necesidad de financiar una red de contención social de acuerdo a las urgencias de uno de los distritos más golpeados por la crisis que atraviesa la Argentina y las prioridades que emanan de la complicada realidad, hacen absurdo siquiera detenernos en la supuesta prioridad que para el estado puede tener la cuestión.

Terminemos entonces con los debates de laboratorio, los preconceptos y las mezquindades propias del ideologismo puesto al servicio de tensiones sectoriales o personales. Y avancemos en una concesión que más se parece a achicar los problemas presupuestariios del estado que a cualquier otra cosa.

Ello no obsta para perfeccionar el contrato a firmar con el privado, asegurar los tiempos de cumplimiento de lo pactado y dejar expresamente indicado el derecho del municipio a organizar las actividades que le son propias e irrenunciables. Los particulares deben saber que su irrupción en este tipo de negocios no puede significar un avasallamiento a los derechos públicos o una supremacía de sus intereses por sobre los de la comunidad.

Así las cosas, y con todas las garantías necesarias, vamos adelante con el tema: siendo lo deseable un imposible, vamos por lo posible que así se vuelve deseable.

El viejo y tantas veces olvidado arte de gobernar…