(Escribe Adrián Freijo) – Otro trágico hecho que involucra a personal policial pone en el tapete la cuestión del estado psicofísico de los efectivos de la fuerza. Un tema de viaja data.
La muerte de Luciano, de sólo cinco años de edad, tras haber sido atropellado por un patrullero en el partido bonaerense de San Martín se convirtió en el tercer hecho de tránsito que involucra a las fuerzas de seguridad en la última semana. El saldo fue de dos personas muertas y otras dos gravemente heridas.
En los tres casos, aún en el del efectivo que se encontraba de vacaciones en Mar del Plata y a alta velocidad atropelló a una joven que sufrió la amputación de su pierna, quedaron serias dudas acerca de la capacidad del personal policial involucrado para tomar decisiones adecuadas que no pusiesen en riesgo ni sus vidas ni las de la población.
La cuestión del estado psicofísico de la principal fuerza de seguridad del país vuelve entonces al centro de la escena. Son demasiados los casos en los últimos años -gatillo fácil, imprudencia, incapacidad operativa, malas conductas y hasta insólitos casos de doble vida en la que aparece un parentesco enfermizo con el delito- que encienden una luz de alarma sobre la cuestión.
Pero el problema no es nuevo y la inacción de las autoridades tampoco…
En 1997 se elevó un trabajo extensamente documentado a la m+axima jerarquía de entonces proponiéndole un «catastro psicotécnico» anual para todo el personal activo sin excepción de jerarquías o escalafón, fundamentalmente por las consecuencia del Trastorno de Estrés Postraumático» (T.E.P.) como consecuencia de hechos conmocionante que el policía vive cotidianamente y que obviamente amerita, en tales casos, reparar la posible distonía, ese trastorno del sistema nervioso central de tipo neuro-quimiomuscular que se transmite ya sea por vía genética o por un trauma de origen externo (golpe accidental, generalmente traumatismo craneoencefálico). La distonía se presenta como un síndrome neurológico incapacitante que afecta al sistema muscular afectando la tonicidad de un determinado grupo muscular en forma parcial o generalizada.
La respuesta del jefe de la fuerza no pudo ser más ilustrativa: «¿que quiere? ¿que nos quedemos sin gente?».
Grave el diagnóstico y aún más grave la consecuencia. ¿Cuántos efectivos han sido muertos o heridos en estos años por no encontrarse en las condiciones ideales para enfrentar una delincuencia cada vez más sangrienta?. ¿Cuántos policías en actividad o ya retirados padecen severas psicopatías que convierten en verdaderos calvarios sus vidas personales y su integración social?.
No se trata entonces tan solo de proteger a la ciudadanía -lo que ya de por sí sería razón suficiente- sino de hacer lo mismo con los servidores públicos que están encargados, nada más y nada menos, de hacer efectivo ese cuidado. Y que por cierto también son ciudadanos plenos de derecho.
Ya hemos hablado en muchas ocasiones acerca de lo que consideramos la conveniencia de permitir la agremiación del personal policial. Estamos convencidos que la presión sindical sería un elemento determinante para que todos los efectivos tuviesen los controles y seguridades que son menester.
Pero mientras ello no ocurra, que sean las autoridades de la provincia las encargadas de dar los pasos necesarios para evitar este tipo de cuestiones.
Salvo, claro está, que más allá de las palabras y los modos la política siga despreciando como hasta ahora a la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
Lo que no nos extrañaría en lo más mínimo.


