PUNDONOR

Se trata de un sentimiento propio e intransferible que se vuelve vinculante de la relación de cada uno consigo mismo y con lo demás. Y está ausente en el caso del Defensor del Pueblo Luis Salomón, hoy al borde de la destitución.

«Amor propio, sentimiento que lleva a una persona a quedar bien ante los demás y ante sí mismo» ó «Sentimiento de dignidad personal que exige a uno mismo atención y dedicación continua en una labor o profesión»; cualquiera de las dos definiciones de la palabra que define el concepto de pundonor y que el lector quiera hacer propia será suficiente para entender de que estamos hablando.

Luis Salomón llegó al cargo de Defensor del Pueblo, o al menos a ser integrante de ese absurdo triunvirato creado en su momento para acallar presiones políticas y quedar bien con Dios y con el Diablo a un alto costo presupuestario que en estas horas de ajuste obligado debería al menos revisarse, como representante de las sociedades de fomento de la ciudad. Un criterio corporativo -como lo es el sistema de selección de estos triunviros- que ayuda a dejar fuera de juego a cientos de miles de marplatenses que se ven de esa manera impedidos de elegir a quien será el encargado de defender sus derechos frente a supuestos abusos del estado municipal o, como se derivó de facto, algún otro organismo, comercio, empresa o consorcio.

Un hecho policial que lo tuvo como protagonista -y en cuyo fondo no vamos a abundar debido a que las pruebas presentadas son abundantes en cuanto a su responsabilidad y su propia confesión lo ubica, aún fuera de un delito, en el despreciable terreno de la falta de decoro y el abuso de autoridad– disparó un largo debate acerca de si debía o no permanecer en su cargo.

Como siempre ocurre una cuestión que aparece lineal se convirtió, en manos de la clase política, en un verdadero incordio de idas y vueltas que terminan por convertir en dogma aquello de «no aclare que oscurece».

Innecesario y lamentable. Un ápice de pundonor debería haber empujado a Salomón a presentar su renuncia inmediata a un cargo que, aún con la torpeza como excusa, no supo honrar en el momento del entredicho.

Para que el involucrado lo entendiese solo haría falta que se hiciese algunas pocas preguntas:

¿Estaba en el lugar y las circunstancias adecuados  para hacer ostentación pública de mi cargo?…

¿Demostré el control personal exigible en un funcionario público frente a una situación de tensión?…

¿Honré mi investidura con mi comportamiento?… ¿la honro ahora con este debate en el que aparezco involucrado públicamente exponiendo la figura del Defensor del Pueblo?…

¿Comprendo cabalmente que como integrante del estado no basta con no cometer un delito sino que también debo evitar cualquier exceso o incorrección?…

Y por último, pero no menos importante…¿tiene sentido que me aferre a un cargo y con ello afecte a la institución que me tiene entre sus integrantes?.

Una renuncia anterior a la culminación de un procedimiento que no puede tener otro final que no sea su salida de la defensoría serviría para dejar en la comunidad la imagen de un hombre capaz de dar un paso al costado cuando de su prestigio y su posición son cuestionados. 

Pero eso sería pundonor…y ya sabemos que hay valores destinados a quedar en el olvido cuando un buen salario o una tarjeta con escudito que nos habilita privilegios que no deberían existir se cruzan en nuestro camino.

Y no parece que esta vez vaya a ser distinto…