Por Fernando Valentín Alfonso – Desde la Edad Media el hombre utiliza el dinero para intercambio, ahorro o especulación. El estado, emisor y administrador, hace lo suyo y a veces mal.

Fernando V. Alfonso
Hacia el fin de la Edad Media, los humanos descubrieron un invento genial: el dinero.
No es que fuera totalmente novedoso, hubo monedas desde tiempos inmemoriables, pero el dinero a que me refiero, incorporó una novedad: es dinero fiduciario. Fidus quiere decir Fé, su capacidad de ser útil, parte de la Fé que usted tenga en su emisor.
Para que usted tenga esa Fé, el emisor del dinero debe ser serio, responsable, confiable, prudente; una suma de obviedades. El problema que nos trae este genial invento humano, es que quién tomó en todos los Estados nacionales el monopolio de la emisión monetaria es el propio Estado. ¡Todo un detalle!.
La Economía no tardó en definir el dinero, y lo hizo a partir de sus aplicaciones, es decir para qué es útil a la gente. Es así que se determinaron estos tres motivos para que el público demande dinero, a saber:
a) Transaccional, es la necesidad que tenemos todos de poder comprar cosas o servicios que necesitamos.
b) Precautorio, es esa reserva de plata que guardamos en una latita o cualquier otro ingenioso escondite, para utilizarlo ante un imprevisto que se ha tornado imperioso pagar.
c) Especulativo, este es más raro porque consiste en la negación de usar nuestro dinero para consumir hoy, y ceder el uso del mismo para alguien que lo necesite. Claro que no lo haremos gratuitamente, sino que esperaremos al final de los plazos fijados cobrar una retribución por haber prestado nuestro dinero, y a esa retribución le llamamos interés.
Si la gestión económica de una nación, se mide a través de su Producto Bruto, que es la suma del valor de todas las transacciones que los ciudadanos hacen a lo largo de un año por el motivo que sea, medido en moneda, aparece la figura del emisor de dicha moneda, o sea el Estado.
Ni en la peor de mis alucinaciones, se me ocurriría introducir una fórmula matemática en estas columnas de divulgación. Por eso le pido que tenga confianza y acepte que existen muchas maneras de establecer una concordancia entre la cantidad de dinero con que funciona normalmente la economía de un país, y su Producto Bruto. Usted que es inteligente, ya se habrá dado cuenta que el «conector» en el cálculo, son los precios.
Si el Estado, que es el responsable de la emisión monetaria se equivoca, mete a todos los ciudadanos en un brete. Si lo hace por defecto, es decir ofrece menos dinero que lo que el sistema requiere, el resultado es que la economía se frena, y si el error persiste el PBI decrece generando todo el desempleo que permite cerrar las cuentas con ese stock de moneda.
Por el contrario, si el Estado emite más dinero que el necesario, puede ser que la economía no decaiga, pero lo que es seguro es que todos entraremos en un estado de locura, porque el «conector» precios varía desordenadamente y siempre para arriba. Un despiole mayúsculo, al que llamamos inflación.
No es un trabajo menor el que todos los países delegaron en sus gobernantes, el de fabricar plata. También revela que hay Estados serios, prudentes, etc. en la tierra, pero también hay otros que parecen no servir ni para «hacer los mandados».
Muchos estarán pensando: ¿Cómo puede ser tan malo un Gobierno, para hacer mal algo tan estudiado y comprobado?. Usted piense lo que quiera, pero me permito darle una pista, se llama Gasto Público.
Pero esa es otra historia de la Economía.
Dedico esta columna, a la memoria de Paul A. Samuelson. Un Señor que fue Economista escritor célebre, Catedrático del MIT, Asesor de Presidentes , y Premio Nóbel.


