Que Montenegro no se equivoque en la verdadera transición

Por Adrián FreijoLas transiciones comienzan en el mismo momento en que un nuevo mandatario asume y abarcan al menos los primeros seis meses de gestión. A no confundirse.

Suele llamarse «etapa de transición» al tiempo que transcurre entre la definición electoral y el momento de asunción del gobierno elegido. Grueso error.

Este tiempo es el de traspaso del mando y durante su vigencia se trata de informar un estado de situación, consensuar que cosas deberán resolverse antes del inicio de la nueva gestión y cuales deberán esperar las decisiones de quien se encargue de la administración, y no mucho más.

Casi puede equipararse ese momento con un cierre de balance de una sociedad que ha dispuesto en asamblea un cambio de directorio; si bien los accionistas son los mismos, quienes tomarán en adelante las decisiones son otros ejecutivos, que pueden tener miradas diferentes y objetivos distintos. Y serán los nuevos los que de a poco vayan construyendo el nuevo camino que nunca arrancará de cero y que requerirá tiempo para poder consolidar un cambio de ideas.

Este tiempo será la transición…

Guillermo Montenegro asumirá el 10 de diciembre su mandato y todo hace suponer que el traspaso, más allá de las tormentosas características personales de su antecesor, puede mantenerse dentro de cánones normales que le permitan iniciar al día siguiente la verdadera transición.

Deberá lidiar con un Concejo Deliberante en el que lejos estará de poder imponer a libro cerrado sus decisiones y para el que deberá contar con interlocutores hábiles, capaces de negociar con cada bloque, convencer y lograr un consenso mínimo que le asegure gobernabilidad. Hombres capaces de escuchar, esperar, ceder y trasladar las posiciones entre las partes buscando y encontrando los espacios comunes para avanzar en cada caso.

Y también tendrá que leer con inteligencia -y la cuota de paciencia que ella siempre debe tener- algunos apuros que siempre aparecen cuando alguien busca consolidar posiciones que pueden haber quedado debilitadas tras la contienda electoral. Saber que habrá bloques de la oposición en los que el tiempo de transición se mezclará con las pujas internas, con todo lo que eso puede representar en un escenario político en el que el poder ha pasado a ser más importante que el bien común.

Hace pocas horas Fernanda Raverta publicó una extensa nota en el portal INFOBAE en la que bajo el título #SeRompióElHechizo pone en claro el papel que se reserva para el tiempo que viene, aún más allá de la conveniencia de ser tan explícita.

Dice cosas como que esta es “la ciudad que atrasa, que está caracterizada por un voto conservador, que cree que todo empieza y termina en el centro, una ciudad envejecida» y que «la verdad es que nunca creí eso de la ciudad en la que crecí, me formé y crié a mis hijas». Afirmaciones que no permiten ocultar el enojo por el rechazo de un sector de la comunidad al peronismo y que avanza en una peligrosa división que al partido que representa le ha servido mucho cuando se trata de oponer sectores pero que hasta ahora nunca había sido tan notoria en Mar del Plata.

Tal vez olvida Fernanda que el triunfo de Axel Kicillof y Alberto Fernández se cimentó en el voto duro del conurbano que poco y nada tuvo que ver con el de los grandes conglomerados urbanos de la provincia y el de la pampa húmeda bonaerense. En esa ecuación se dió, en proporciones opuestas, la misma realidad que parece desilusionarla a la hora de la derrota.

Pero es que la diputada nacional ya comienza a pelear el 2021 y quiere consolidar en los barrios de la ciudad un liderazgo que la posicione dentro de un espacio en el que no todos están convencidos de que sea ella la indicada para ejercerlo. Y esa puja sobrevolará toda la transición y puede generar más tensión de la que la difícil situación de Mar del Plata y Batán seguramente acarreará.

Y sobre ese terreno fangoso deberá transitar Guillermo Montenegro sus primeros meses de gobierno. Y para ellos sería una demostración de inteligencia revisar algunas de las decisiones que ha adelantado y que no parecen apropiadas para el tiempo que le espera a partir del 10 de diciembre. Porque tal vez en el gobierno que se retira aparecen algunos nombres capaces de acompañar esa etapa de diálogo, de acomodamiento y de comienzo de gestión.

Asegurar la continuidad de las autoridades del EMTUR hasta el fin de la temporada parece una medida de buen gobierno. Más allá de la designación de un nuevo presidente, la figura de Jorge Zanier -hoy vicepresidente en ejercicio de la titularidad- surge como la de un hombre respetado por la comunidad, apreciado por su trabajo profesional de décadas y que puede acompañar este tiempo con la mesura y conocimiento que un nuevo equipo tendría que adquirir a mayor velocidad de lo aconsejable. ¿A alguien se le ocurre oportuno encarar la temporada con responsables que no han tenido tiempo de controlar los resortes del organismo rector del turismo local?.

O Hernán Tillous, un funcionario que ha hecho un culto del diálogo con todos los sectores y ha desarrollado una relación madura y seria con varias de las organizaciones sociales que apuntan a convertirse en un dolor de cabeza para la nueva administración. Además es respetado en el Concejo y puede convertirse en la llave de las negociaciones que vienen, desde su capacidad de diálogo y aceptación generalizada.

Siempre es bueno que queden puentes transitables entre la orillo que se abandona y aquella en la que se busca retomar el camino. Y hay algunos hombres que por su capacidad de construir no deberían ser desechados tan solo por el prejuicio.

A no confundirse entonces; el 10 de diciembre comienza la transición, no culmina. Si el  nuevo intendente no lo asume es posible que duplique los inconvenientes que ya de por si existen.

Y termine dando pasto a las fieras que acechan a la espera de un pretexto para fagocitarlo.

¿Se dará cuenta?…