¿QUÉ SOBERANÍA FESTEJAMOS?

Hoy se celebra el Día de la Soberanía Nacional de acuerdo a los cánones que hemos aceptado con respecto al tema. Tal vez ha llegado el momento de plantearnos si el paradigma no es otro.

El Día de la Soberanía Nacional se celebra en conmemoración de aquel 20 de noviembre de 1845 en el que en la Vuelta de Obligado las tropas de la Confederación utilizaron coraje e inventiva para intentar frenar a la escuadra anglo-francesa que pretendía navegar aguas arriba el Paraná para controlar el comercio y la navegación hacia el Río de la Plata.

Los europeos pretendían establecer relaciones comerciales directas entre Gran Bretaña y Francia con las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, sin pasar por Buenos Aires ni reconocer la autoridad de Juan Manuel de Rosas como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación.

Desde entonces el concepto de soberanía está ligado al de patriotismo, al de heroísmo y a toda una épica que se ha encarnado en el argentino como expresión de una grandeza que, en los hechos, no ha sabido conseguir para sí ni para los suyos. Y esa épica nos ha alejado de lo cotidiano, que es lo que realmente alimenta la democracia y el desarrollo.

Porque cotidiana es -o debería ser- la educación, el trabajo, la salud pública, la vivienda, la seguridad, la movilidad social ascendente, los derechos humanos, la rendición de cuentas por parte de los gobernantes, la responsabilidad de quienes disponen del gasto público, la administración de justicia. Pero cada uno de esos ítems, y muchos más que hacen a la calidad de vida de las sociedades libres y exitosas, se ha convertido en una épica tortuosa y salvaje a la que se nos somete cada día, sin descanso ni alternativa a la vista.

Tal vez por eso deberíamos pensar si la soberanía no pasa por el hombre y no por las contiendas. Y si lo hacemos tal vez encontremos que muchos agravios territoriales sufridos en nuestra historia -alguno de ellos aún vigente- podrían haberse resuelto en la mesa de las negociaciones si nuestro país hubiese dado al mundo un ejemplo de seriedad, apego a la ley y respeto a las reglas de juego que hemos violado sistemáticamente desde el mismo día en que nos convertimos en país.

Concluyamos entonces que seremos una nación soberana cuando nuestros habitantes vivan en paz y progreso y el mundo sienta que somos un aliado confiable y serio que ya no se esconde aviesamente a la espera de convertir al otro en víctima.

Porque…¿hay una soberanía superior que la de dominar nuestras pasiones y obligarnos a vivir dentro de las reglas del trabajo, el esfuerzo y la convivencia?.

Algo que desde el fondo de la historia ha aterrado a los dictadores y a los demagogos.