REBELIÓN EN LA GRANJA

Las dos grandes fuerzas políticas argentinas dedican su tiempo a peleas internas y a definiciones de un poder que nunca parece alcanzar. En tanto la gente espera respuestas que la dirigencia ni siquiera se detiene a intentar.

 

La carta de Cristina marcando sus diferencias con Alberto Fernández y las especulaciones de todo tipo que su texto disparó parecían ser el vértice disparatado de una semana política en el país que volvía a discutir, como antes de su Constitución dictada en 1853, cuestiones como la propiedad privada, la usurpación y la división de poderes.

Una vez más las luchas internas en el peronismo -esas que incendiaron el país en los setenta y lo sometieron a tensiones económicas que lo empujaron al estallido en los 90- parecían adueñarse de la vida nacional y señalar la ruta hacia el abismo.

Pero se sabe que la Argentina siempre puede tener otra sorpresa baja la ancha manga de su realismo mágico y esta vez no iba a ser la excepción.

Mauricio Macri, intentando torpemente imitar a su archienemiga Cristina Fernández, irrumpió en la escena nacional para hacerse dueño de la respuesta al convite de la ex presidente a una mesa de diálogo. Sin siquiera consultar con su partido resolvió cuales eran las condiciones para sentarse en torno a una mesa, lejos como hoy se encuentra de toda responsabilidad de gobierno y con los mismos impulsos piromaníacos que tanto criticaba en la viuda de Kirchner cuando era él quien debía encargarse de resolver los problemas del país.

Poco tardó en recibir el fuego amigo en forma de desdén y un casi ninguneo imposible de imaginar hace apenas unas semanas: Horacio Rodríguez LarretaElisa Carrió y María Eugenia Vidal se reunieron este viernes durante cuatro horas con el pretexto de impulsar el apoyo de Juntos por el Cambio la postulación de Daniel Rafecas, el candidato del presidente Alberto Fernández a la Procuración General de la Nación, algo que específicamente había rechazado el ex mandatario.

Aunque en realidad el convite se trató de dar un fuerte mensaje hacia adentro y hacia afuera de la coalición en el sentido de que ha comenzado formalmente el post-macrismo y que de nada valdrán los arrebatos de los duros frente a la mirada negociadora de quienes no aceptan aquello de «después de mi, el abismo».

Así las cosas, tanto el oficialismo como la oposición transitan por estas horas sus momentos más agitados, con liderazgos cuestionados y sin tener muy en claro quien será de aquí en más el o los encargados de fijar las estrategias.

Algo muy poco recomendable para las fuerzas que concentran el 90% de los votos de un país que se debate en una crisis económica, sanitaria e institucional como nunca antes tuvo la república.

Mientras su dirigencia parece querer hacer carne aquello de «bailando en el Titanic»…

Y sin saber hacerlo.