SAN MARTÍN SIN EL BRONCE

Más allá del genial guerrero hay un San Martín constructor de institucionalidad que es aquel al que debemos mirar los argentinos si queremos dejar atrás la épica del fracaso constante y su decadencia.

San Martín avanzaba imparable en su gesta americana pero su llegada a Chile o a Perú no era un pretexto para los honores personales o los fastos guerreros. Ni siquiera una ocasión para humillar a sus enemigos derrotados, perseguir ciudadanos o imponer la «pax romana».

En las dos naciones el Libertador dictó los códigos civiles y de comercio que aún, con las lógicas reformas del paso del tiempo, rigen los derechos y relaciones de sus habitantes. Y también en ambas inauguró una Biblioteca Nacional, escuelas y símbolos patrios como bandera y escudo, estableció la libertad de imprenta y comercio y creó las guardias urbanas que debían garantizar los avances logrados con la emancipación.

Pero sobre todo y para siempre San Martín convenció a chilenos y limeños de la necesidad de dotarse de una Constitución que diera reglas claras, fortaleciese las instituciones y rigiese la vida de cada uno de los hombres libres del continente emancipado. Lo hizo en Chile y lo repitió en Perú aún después del fracaso de Guayaquil y su encuentro con Simón Bolívar.

El mismo día de la instalación del Congreso Constituyente (20 de septiembre de 1822), San Martín presentó su renuncia irrevocable y se embarcó hacia Valparaíso. Su trabajo había concluido, aunque las visiones extraviadas de quien quedaba encargado de culminar la etapa guerrera terminarían por convertir a toda la América libre en un escenario constante de reyertas, divisiones y apetencias personales.

Por eso en este 169° aniversario del fallecimiento del prócer es bueno homenajear al brillante militar que supo enmudecer al mundo con su estrategia libertadora, pero es más importante recordar al constructor de institucionalidad que llevó junto al sable la llama de la civilización, la cultura y la libertad.

Y que demostró que la espada era nada más que un faro para iluminar el camino de una nueva república.