Selección: cambiar sin histerias, recomenzar con humildad

Por Adrián FreijoLa decepción es de todos, pero si podemos unirnos para sufrir también deberemos hacerlo para renacer. Se terminó un ciclo que deja lecciones que será bueno aprender.

Fracasa aquello que contando con todos los medios para lograr un objetivo no lo consigue. Fracasa quien por el camino correcto y el material adecuado pierde la brújula y no arriba al punto deseado.

O fracasa quien desperdicia por desidia o desinterés las chances que la vida le pone por delante.

¿Fracasó entonces la selección nacional en este impactante campeonato del mundo que estamos viviendo?. Seguramente no.

Porque este impresentable fútbol argentino, deshilachado por dirigentes sin capacidad ni honestidad para extraer lo mejor de este deporte que es pasión nacional, no le dio a los jugadores aquellos medios, ni aquella brújula ni siquiera aquel cobijo que los hiciese pensar solo en la pelota, en el rival y en el objetivo.

Podrá el hincha decir que el vedetismo es por momentos agobiante o que la incapacidad es tan evidente como la escasa preparación de quienes ejercen la responsabilidad de conducir algo tan poderoso y con tanto interés en juego como es el fútbol. Y seguramente no se equivocará…

Pero, no nos engañemos, estamos frente a personas que reconocen como único acerbo cultural el correr detrás de una pelota con mayor habilidad que la media de los mortales. Pedirles por tanto que logren mantener un equilibrio frente al éxito o el fracaso es pretender que sepan controlar mecanismos inhibitorios y sociales que nadie se preocupó en transmitirles y mucho menos inculcarles. Son desde muy jóvenes demasiado buen negocio como para que quienes los rodean tomen nota de que además son seres humanos que deben ser formados en el equilibrio.

Dicho esto, concluyamos que el fútbol argentino pasa desde hace décadas por una decadencia inocultable. Bendecido por el raro privilegio de tener con pocos años de diferencia a dos de los mejores jugadores de la historia de este deporte, se acostumbró a construir procesos en torno a la grandeza de Maradona y, más acá en el tiempo, a la de Lio Messi.

Uno ganó todo y el otro no pudo hacerlo. ¿Debemos culparlo por ello?…

Tal vez sea más inteligente aprovechar que ya no tenemos el as de espadas para ver como ganamos una mano, en el truco del fútbol, con dos cartas medianamente buenas y una negra que acompaña. Eso se llama saber jugar; que con los dos anchos bravos y un siete de espadas gana cualquiera….

Habrá que volver al exitoso trabajo con los juveniles, definir un proyecto que tenga que ver con el funcionamiento colectivo al que todos -dirigentes, jugadores, público y periodismo- podamos identificar como “fútbol argentino”, y que tal vez no tenga demasiado que ver con la nostalgia y sí con la dinámica moderna a la que deberemos agregar la habilidad y picardía propia de este deporte en el Río de la Plata.

Y sobre todo elegir para este proceso conductores a los que, por historia, personalidad o presente, los jugadores respeten, escuchen y obedezcan. Basta de estrellas encaramadas en la conducción de la selección; no es lo mismo jugar que planificar y no podemos seguir esperando que la madurez se lo enseñe a quienes creen saber todo y se adueñan de lo que no les pertenece. ¿Se entiende?…claro que si.

Y punto. Con saber lo que no debe volver a hacerse es suficiente. No hace falta dedicar los próximos seis meses a destruir a quienes una vez más abandonaron la cancha con la cabeza baja de la frustración.

Sería injusto tapar con tierra a quienes fueron ayudados, por una dirigencia que abochorna y un periodismo que también debería pasar a ser recuerdo, la fosa en la que se enterraron solitos.

Nosotros, los futboleros, los que seguimos dejando todo de lado para ver a nuestra selección o al equipo de nuestros amores, queremos que el esfuerzo se concentre en recuperar un conjunto que nos represente, una institución que esté a la altura de uno de los negocios más importantes del planeta, una conducción que sepa hacia adonde quiere ir y, sobre todo, a esa cosa esférica y perfecta que cuando comienza el partido pretende ser amada por once y no secuestrada por uno solo. 

¿Es tan difícil?…