Si Don Ángel y Elio se levantan, algunos la pasarían mal…

RedacciónTodo vale y la desvergüenza ya es parte de la vida política. Leopoldo Moreau, quien fuera hijo dilecto de Raúl Alfonsín, quiere que los radicales marplatenses traicionen su espacio.

«El radicalismo deberá prepararse para perder mil elecciones pero ni un solo principio» bramó Raúl Alfonsín cuando no pocos sectores de la UCR le pedían subirse a la ola neoliberal de los 90. Y es que el ex presidente tenía en claro que el papel que la sociedad le había asignado al partido era el de ser equilibrio del poder que desde muchas décadas antes ejercía el peronismo y que de nada valdría mimetizarse con ideas y pensamientos que poco tenían que ver con el ideario que lo había vuelto centenario.

Entre aquellos irreductibles que se habían formado a su lado destacaba el joven Leopoldo Moreau, hombre surgido de la hoy mítica Coordinadora que acompañó con espíritu casi fundamentalista  los años del surgimiento alfonsinista y se mantuvo incólume junto al líder aún en los momentos de la caída y el rechazo popular.

Pero muerto el líder la diáspora de tanto radical buscando el calor del poder terminó arrastrando al «Marciano», sobrenombre que acompaña a Moreau desde sus años universitarios, que se arrimó al kirchnerismo del que ya no se iría más aunque, vaya a saber por que sensación culposa, siga insistiendo que aún es adherente al radicalismo y su ideario.

Y cada tanto busca meterse en la vida partidaria, de la que ya no forma parte y en la que ya no es reclamado, tratando de influir en el pensamiento del afiliado sin darse cuenta del rechazo que su figura despierta en los verdaderos «boina blanca». Y es que si algo ha caracterizado al seguidor de la UCR es la lealtad a sus principios y a los históricos dirigentes que han sabido mostrar a la coherencia como bandera irrenunciable.

Desde el «se parte pero no se dobla» de Leandro Alem, capaz de quitarse la vida para no ver la indignidad, hasta la sobriedad monacal de Hipólito Yrigoyen y su grandeza en la caída o la pobreza ejemplar y desprendida de Arturo Illia hasta llegar al autor de aquella frase-definición del principio de esta nota, la línea moral del radicalismo es de tanta claridad que no basta con hacerse el distraído para disimular la defección.

Y el singular Leopoldo reaparece ahora con una Carta Abierta a los radicales marplatenses que podría ser tildada como una nueva traición si por su torpeza conceptual no fuese más que una chicana comiteril de escaso alcance. Otra vez intenta -seguramente con la escasa suerte de siempre- convencer a sus correligionarios de pasarse con bandera y banda al peronismo; algo que en él parece haberse convertido en habitual pero seguramente no supone la media de los seguidores.

Apoyándose en las figuras de Angel Roig y Elio Aprile, dos ex intendentes que no se caracterizaron por andar saltando de un partido a otro, Moreau trata de llevar hacia el Frente de Todos a los votantes de Vilma Baragiola sin tener en cuenta que la candidata derrotada en las PASO supo tragar más de una vez la bronca que algunas actitudes de correligionarios pudieron haber despertado en ella y eligió siempre mantenerse en el redil y aceptar orgánicamente decisiones que ciertamente le molestaron.

Y termina la exposición de manera que no quede duda alguna acerca de la intención de su pedido:

 

Leopoldo Moreau tiene todo el derecho de abjurar de su pasado y buscar cobijo bajo el paraguas que más lo cubra. Pero debería pensar que aquellos a quienes invoca, y sobre todo su protector y mentor original, no estarían muy felices al observar su camaleónico recorrido que ahora pretende trasladar a tantos ciudadanos que, aún en las malas, siguen apoyando firmemente al centenario partido que lo supo contener y proyectar hacia lugares de poder y confort.

Algo que le daría a su pálido final una pátina de lealtad y principios que hoy parecen ausentes…