Sin Mago y sin Oz pero todos bajo el mismo Arco Iris

Por Adrián FreijoPeronistas en las listas de Cambiemos, radicales enojados apoyando al peronismo, enemigos de ayer convertidos en aliados de hoy. ¿Realismo mágico o simple especulación?.

Cuando Cristina Fernández pateó el tablero electoral designando a su homónimo -pero jamás sinónimo- Alberto como candidato a presidente, propios y extraños debieron reconocer en la ex mandataria esa capacidad para modificar el escenario que siempre es necesaria para retener la iniciativa. Aunque todos viesen detrás de la jugada una intención meramente electoralista y sospechasen que logrado el triunfo electoral el futuro del ex jefe de gabinete, ex amigo, enconado enemigo y nuevamente amigo, al que ahora le ofrecían el generalato sin que jamás hubiese comandado tropa alguna, podía llegar a ser complicado.

Pero que el terremoto se produjo…se produjo.

-Todos unidos triunfaremos-

Puertas adentro del peronismo la explosión trajo consecuencias inmediatas. La gastada y descascarada estructura del PJ no tardó en supeditarse a «la Jefa» con la mansedumbre que caracteriza a un partido que solo preserva de sus épocas de oro una sola de las características históricas…y no la más buena, por cierto: la obsecuencia.

Formado en el verticalismo peronista, el partido no fue nunca otra cosa que una cáscara vacía a la que su líder primigenio y los caciquejos que lo heredaron llevaron siempre hacia donde creían que el sello podía ser más útil. Y así fue liberal (Menem), de izquierda (Cámpora, los Kirchner), revolucionario (Firmenich, Galimberti, Dante Gullo), conservador (Pichetto, Urtubey, antes Solano Lima)  , socialdemócrata (Cafiero), socialcristiano (Duhalde) o lo que la oportunidad dictase.

No puede extrañar entonces que en esta etapa las huestes comandadas por José Luis Gioja no sean otra cosa que un apéndice de los designios de Cristina y se enfilen, sin otra pretensión que la de seguir perteneciendo al club de los beneficiados del poder, tras las decisiones inconsultas de quien a lo largo de una década los ninguneó, denigró y llegó a ordenarles que «se metan la marchita en el c…».

Perón sostenía aquello de «el peronismo será revolucionario o no será nada»…ahí tiene la respuesta.

Será Cristina quien arme las listas, será Cristina quien resuelva quienes pueden ser aliados y quienes no y será Cristina quien en el futuro resolverá si Alberto Fernández termina su mandato o se vuelve a su casa con la cabeza gacha y un discurso de «hacer lo que el pueblo pedía» idéntico al que 45 años atrás hiciese el buen dentista de San Andrés de Giles cuyo nombre ha sido tomado por la agrupación declinantemente juvenil que acompaña al kirchnerismo y que, por supuesto, debió inventar para el homenaje a un personaje que jamás existió y que se hubiese horrorizado de las cosas que se dicen en su nombre.

-Caminito que el tiempo ha borrado-

Dentro del mundo peronista hubo en los últimos años algunos que soñaron con la amplia avenida del medio que ofreciese una opción republicana, moderna y adecuada a los tiempos que corren. Lástima que quienes lo intentaron no fueron capaces de ceder sus propias aspiraciones personales y, en última instancia, dejar de lado los vicios políticos y métodos que decían querer superar.

Apenas concretada la jugada de Cristina, y mientras Roberto Lavagna insistía en democratizar Alternativa Federal cerrándole el paso a la voluntad de los ciudadanos que quisiesen elegir quien debía encabezar la fórmula la fórmula, Sergio Massa comprendió que el espacio se caía a pedazos y que la supervivencia pasaba por otra carretera. Y pese a sus miles de juramentos de no volver nunca más a los jardines cristinistas, se disfrazó de «no me olvides» y se sentó a negociar con Alberto Fernández sobre bases que la conductora del espacio se encargó de demoler sin piedad.

«La fórmula es inmodificable» mandó decir primero; chau a la chance de Massa candidato a presidente.

«En Buenos Aires los candidatos son Axel Kicillof y Verónica Magario, ordenó después»; puerta de salida para el premio consuelo de la gobernación que, aunque Massa lo niegue una y mil veces, estuvo firmemente presente como alternativa negociadora.

«Ofrecele encabezar diputados» fue la oferta final. «Pero el bloque lo maneja Máximo» agregó Cristina para que no quepan dudas acerca de que el «vamos por todo» sigue estando en el centro del corazón K.

Y que cuando de vengarse se trata…los muchachos son expertos en el arte de denigrar.

Juan Schiaretti, ducho político y además el único que posee distrito y poder propios y que sabe que cualquiera sea el próximo presidente va a necesitarlo como al agua, hizo mutis por el foro y abandonó Alternativa Federal para entregarse a un merecido descanso, esperando que amaine la tormenta.

Y la amplia avenida se perdió en un intrincado caminito que «juntos un día nos viste pasar»...y hoy nadie logra divisar entre tanto yuyo.

Y que otros como Miguel Angel Pichetto, que ya habían reservado peaje en otras rutas, se apuraron en abandonar raudamente.

-El contragolpe también es parte del juego-

Mauricio Macri llegó a creer que la suerte lo había abandonado. Cristina en el centro de la escena, la economía desquiciada, los inversores ausente, sus viejos aliados negociando con el enemigo y para colmo los radicales puestos en exigentes y gritando a los cuatro vientos que o se los tenía en cuenta o abandonaban el barco.

Solo Christine Lagarde como aliada y Lilita Carrió como ladera, entrando montada en un elefante al bazar en el que Cambiemos guardaba su mejor cristalería. Muy poco para encauzar una reelección que en los números aparecía cada vez más lejana.

Cada encuesta que aparecía era un dolor de cabeza para el gobierno; la gente estaba enojada y ya no se trataba de ganar sino de lograr entrar en un ballotage salvador que permitiese alguna chance de la mano de la polarización. Pero el fantasma de una derrota en primera vuelta ya se asomaba impiadoso en el horizonte…

Y de pronto el presidente pareció encenderse, retomar la iniciativa y aceptar que lo primero que había que hacer era pegar un volantazo que le devolviese el control de manejo y la punta de la carrera.

Puso la economía en manos del BCRA, desplazando disimuladamente a Nicolás Dujovne que lejos está hoy de ser el todopoderoso ministro que casi la choca hace dos meses, y pactó con el FMI -a través de enviados no institucionales- una paz cambiaria que le permitiese llegar a octubre sin sobresaltos.

Liberó todos los fondos de la ANSES que fuesen necesarios para de esa forma asegurarse una fuerte oferta compradora a cada vencimiento del festival de bonos y letras que ya habían comenzado a ser descartados, por la inseguridad política, por potenciales inversores de adentro y de afuera. Claro que si algo sale mal…el próximo encargado de pagar las jubilaciones deberá ser de apellido Magoya.

Aplastó los tibios intentos levantiscos de María Eugenia Vidal y Horacio Rodriguez Larreta, que veían caer sus altos índices de aceptación por los desastres económicos y torpezas políticas emanados de Balcarce 50, dando una señal de fuerza hacia adentro de su tropa y sobre todo a muchos empresarios «amigos» que ya coqueteaban con el nonato Plan V.

«Al cielo o al infierno, pero conmigo al mando» fue el mensaje del presidente, y todos lo escucharon.

Durmió los embates radicales y consiguió que la reunión de la Convención Nacional pasase si pena ni gloria, dormida por la difusa promesa de una vicepresidencia, tal vez algunos ministerios y por supuesto la consulta permanente acerca de toda medida de fondo que fuese a tomar el gobierno. Todo sujeto a una Comisión de Acción Política que nadie sabe quien integra, que piensa o que pantea…

Pero Macri se reservaba otra jugada. Una acción tan sorpresiva como revulsiva que le devolvió la centralidad política y que puede representarle en lo inmediato un rédito que, tal vez, se convierta en definitorio.

La designación de Miguel Angel Pichetto como su compañero de fórmula le agrega a la oferta de Cambiemos más impacto de imagen que votos aportados por el elegido. Pero ocurre que la estrategia del presidente -ya liberado de los consejos endógenos de Marcos Peña y Jaime Durán Barba– es justamente la de enviar a la sociedad el mensaje del gran acuerdo nacional, de dejar atrás la historia de grietas y enfrentamientos que jalonó en el pasado reciente la vida institucional del país y la sensación de gobernabilidad desde el consenso que hoy aparece como imprescindible.

No son votos los que busca…es volúmen.

Si logra el objetivo comenzará para él otro tiempo, en el que dependerá mucho más de sus nuevos aliados peronistas -un triunfo en octubre permitiría a Pichetto pasar la red por un cardumen amplio y bien dispuesto- y sus viejos amigos radicales. Ya no será lo mismo; en el congreso ambas bancadas le pondrá límite a los ajustes salvajes a los que el grupo de amigos empresarios que lo visitan en Olivos nos habían acostumbrado.

Macri lo sabe, pero también barrunta que lograr la reelección representaría para él el principio de un nuevo tiempo y el final de la vida política de algunos personajes que se convirtieron en sombras acechantes durante su primer mandato. Cristina Fernández y Sergio Massa encabezan la larga lista.

Y no es poco para alguien que hace treinta días parecía estar ingresando por la puerta del infierno…