Todos buscan desplazar a Arroyo y ahora ya no disimulan

Por Adrián Freijo – Radicales, macristas, massistas, accionistas marplatenses y propios han comenzado la escalada final por lo que consideran el premio mayor: la cabeza de Zorro Uno.

Todos le echan la culpa «al otro»; nadie quiere hacerse cargo de haber comenzado esta grotesca escalada para expulsar del despacho principal de la comuna a un Carlos Arroyo que no termina de asumir que el cargo que ostenta necesita mucho más que pilotos, gestos hoscos y frases grandilocuentes.

«Yo quería ser el sucesor de Carlos» decía hace pocas horas un empinado capitoste radical que ya supo caminar por los pasillos del municipio. «Pero…¿qué querés que haga?…si los demás ya resolvieron que tiene que irse antes de los dos años no voy a ser tan tonto de trabajar pensando en cuatro» concluía a guisa de justificación «moral» de su flamante golpismo.

Al singular Secretario de Salud -al que ya han bautizado Orlando «El Furioso» por su combate eterno contra la nada- alguien lo convenció de que va a tener todo el apoyo mediático para llegar pronto al poder. «Tu vas a ser intendente…yo te voy a hacer intendente»,le deslizaron al oído con un acento que no sonaba como de estas tierras.

Y Blanco, tan inexperto como ambicioso y apresurado, cometió como tantos otros el pecado de creerle. Y ahí va, en tan torpes como extemporáneos esfuerzos por obtener lo que, vaya a saber en base a que mérito inventado, cree que le pertenece.

Pero su accionar dispara las alarmas del radicalismo, y de cada rincón de su quebrada  geografía partidaria aparecen postulantes al sillón principal, sin otro merecimiento que pertenecer a un partido que al menos en Mar del Plata parece tener más años que votos reales.

Y Vilma quiere, y Abad mira de reojo, y Maiorano sueña con ser el garante de algo, y Nuñez -presidente devaluado si los hay- se acerca para ver si en un momento de distracción puede quedarse al menos con el piloto azul como trofeo de guerra.

Y el Ruso, pícaro y habilidoso, espera sabiendo que el único capaz de poner en juego una margarita con los pétalos necesarios para que el «me quiere mucho» tenga su sonriente carita, es él. Ventajas de la experiencia, la capacidad de armar equipos y la cintura entrenada en contiendas por cierto más dignas de la historia que las presentes.

Y los accionistas marplatenses, que por primera vez conocen eso de no aceptar una sola voz de mando, se debaten buscando la respuesta a una pregunta que los depositará, o no, en la orilla acertada: ¿ya es tiempo?, ¿la gente perdonó?. Mientras la buscan miran de reojo la inacción y el conflicto permanente de la nueva administración y sueñan con que serán llamados, al fin, como los salvadores.

Por el lado del massismo, y como si no se hubiese aprendido otro libreto, vuelven a esperar que se los llame como garantía de gobernabilidad. Raro caso el de Fiorini y su gente: siempre buscan entrar al poder por la ventana y parecen sobrevalorar la importancia que las demás fuerzas le dan a su presencia.

«Lucas cree que haciéndole zancadillas a los propios y guiñándole el ojo a los extraños se va a convertir en una especie de Massa local», dicen en las cercanías del inseguro líder. Y parece que el propio líder tigrense ya está pensando parecido.

¿Y Arroyo?. Espera….mucho más no puede hacer.

O si…pero parece no verlo. Si bien es cierto que muchos de sus votantes muestran hoy signos de arrepentimiento, el hombre sumó tantos votos que la base de sustentación aún sigue siendo muy amplia.

Y sus rivales (¿o pretendientes?) no muestran haber crecido en la misma medida en que Zorro Uno parece encogerse. Y si ello es como parece, posiblemente Arroyo pueda rescatar a los huidizos con mucha más facilidad que las otras fuerzas políticas.

Para ello será él, y solo él,el que tendrá que convencerse de que puede hacerlo. Y sobre todo transmitir con firmeza y sobriedad que sigue estando al frente del proyecto político.

Depurar el equipo, poner límites desde la razón y no desde el mando, dejar de creer en la lógica de un liderazgo que no es o esperar lealtades que no llegarán.

Y sobre todo demostrar a «los de arriba» que no es un caprichoso ni un soberbio sino un dirigente que tiene muchos votos pero también mucha firmeza para tomar decisiones en el día a día.

Un poco como Ronald Reagan. Nadie le pedía que tuviese ideas brillantes pero supo convertirse en el garante de un proceso que debió cambiar por lo menos tres veces de marcha. Y su presencia aseguraba que alguien estaba al frente.

Si Arroyo mira aquel ejemplo, juega para el lado de la historia y no de la política y sobre todo comunica bien lo que quiere y como va a lograrlo, sigue teniendo todas las posibilidades de reflotar el proyecto y terminar con las conspiraciones que florecen a su alrededor.

Pero será él quien elija la jugada y no tiene márgen para el error.