TRABAJO: CAMBIAR O MORIR

Algunos acuerdos entre sindicatos y empresarios para evitar despidos van poniendo en escena la necesidad de discutir una reforma laboral moderna que permita además frenar la destrucción del empleo formal.

La Argentina tiene un sistema de protección laboral que es el más férreo del mundo. Tanto es así que mientras en el texto nuestros trabajadores están más cubiertos que cualquiera otro en el planeta, en los hechos se convierte en el más desprotegido: nadie quiere en el país tomar trabajadores formales, por la imposibilidad de equilibrar costo laboral con rentabilidad, y así se multiplica el empleo informal y la explotación humana. Además de desfinanciar todo el sistema de la seguridad social que va convirtiéndose en un cada vez más empinado tobogán hacia el estallido.

Durante décadas los sindicatos se opusieron a la sola idea de discutir una reforma laboral que sirviese de replanteo a la Ley de Contratos de Trabajo aún hoy vigente y que data de 1975.

Desde aquel año el mundo conoció el fin de la Guerra Fría, la aparición de internet, la explosión tecnológica. las energías alternativas, el cambio de los mercados y por último la irrupción de la robótica que hoy parece haber llegado para suplantar al hombre en casi el 80% de los trabajos que hasta ahora le estaban reservados.

¿Podemos sostener seriamente que no ha llegado el momento de adecuar nuestra legislación a los nuevos tiempos?, ¿podemos suponer que los avances y los cambios se detendrán al solo conjuro de nuestra negativa a aceptarlos?, ¿seguiremos insistiendo en leyes que solo expulsan trabajadores del sistema formal para convertirlos en precarizados?. ¿es que no alcanza con los datos de nuestra economía que hablan de más de un 30% de desocupados y subocupados y casi un 40% de trabajo en negro?.

Aquellos tiempos de las leyes super protectivas ha llegado a su fin y debemos poner rápidamente manos a la obra para detener estos nuevos, de precarización de facto, en el que hasta las estructuras sindicales están siendo peligrosamente sustituidas por organizaciones sociales muchas veces anárquicas e ideologizadas pero hoy con más adeptos que aquellas afiliados.

De continuar este deterioro del trabajo registrado, en menos de una década no habrá sustento alguno para el pago de jubilaciones ni un sistema de prestación de salud que pueda ser financiado por el aporte de los afiliados. Y de ambos peligros ya tenemos hoy indicios más que alarmantes.

Los convenios diferenciados de los petroleros de Vaca Muerta, los sistemas rotativos de suspensión de personal en las grandes automotrices o el reciente pacto que en Mar del Plata ha conseguido la UOM para evitar el cierre de Eskabe, son solo algunas muestras de una realidad que debería ser  asumida con una nueva legalidad que proteja al empleado sin condenar a la quiebra al empleador.

Y otro ejemplo de las últimas horas sirve para comprender que el círculo se está cerrando: el laboratorio B. Braun que funciona dentro del Parque Industrial “General Savio” notificó a 50 empleados que a partir de octubre se quedarán sin trabajo como consecuencia de la incorporación de tecnología de última generación que reemplazará sus tareas. Una constante en todo el mundo y que empujará una gigantesca crisis laboral mucho antes de que pase una década.

Cuando hablamos de acuerdos mínimos de gobernabilidad este tema debería estar en el centro de la escena. No importa quien conduzca el país a partir de diciembre, la discusión de una reforma laboral tendría que encabezar las prioridades para evitar que el deterioro que representa continuar al amparo de una ley que ya nadie asume como propia nos lleve a un escenario de precarización sin respaldo algunos.

O generamos nuevos empleos que se adapten a los nuevos tiempos y los acompañamos de leyes realistas que comprendan los derechos básicos del trabajador -condiciones laborales, salud, descanso, retiro-  y que abandonen «conquistas» que ya no tiene sentido discutir si fueron justas o demagógicas pero que hoy han caído por el peso de la realidad, o nos dirigimos a un abismo de informalidad que va a condenar al desamparo a las próximas generaciones.

Argentina ya llegó tarde a los siglos XIX y XX…tratemos de no caernos del XXI.