Trillizos de Oro: más cerca del poder y más lejos de la gente

Redacción – Como una ley natural los que llegan al  poder no quieren dejarlo, se alejan de la gente y terminan rechazando a todo el que les marca un error. La Omnipotencia que lleva a la soledad.

Carlos Menem amaba el fútbol. Durante sus años mozos jugaba cotidianamente con sus amigos y se destacaba por un temperamento hecho a buscar el triunfo con más ahínco que talento.

Ya en Olivos las cosas cambiaron; el picado semanal discurría en aburridos enfrentamientos entre el equipo presidencial, “decorado” con figuras vigentes del fútbol profesional argentino y un rival de turno que se armaba meticulosamente con jugadores de una calidad notoriamente inferior a los que integraban el del “Jefe”. No era fútbol, era una puesta en escena para que el riojano se convenciese de ser un crack; algo que distaba mucho de ser verdad.

Algo similar ocurre ahora con Mauricio Macri: es sabido que al momento de armar un equipo para enfrentar al suyo hay una condición de oro y es que sean candidatos seguros a la derrota. Y si aparece alguna figura descollante, automáticamente es “fichada” para el presidente.

Es el ejemplo del intendente de San Miguel, Jaime Mendez, quien tras anotar para el equipo “visitante”, en varias oportunidades, lo pasaron a las filas del equipo de la Rosada. Así volvieron a estar encima de las estadísticas.

Lo mismo les pasa a ambos con el golf -extraño caso de jugadores mediocres que sin embargo ganan siempre- con el tenis o con las bochas. Siempre hay alguien dispuesto a aflojar las marcas, errar al hoyo a dos centímetros o a tirar un drive fuera del estadio. Todo es válido para que el amo se sienta invencible.

Cristina no hacía deportes…pero vaya si sus allegados aplaudían cualquier desmán conceptual que saliera de su incansable boca, sin importar el tenor del disparate. En su caso a la compulsión de la obsecuencia se agregaba el terror a la represalia. “La Doctora” nunca se equivocaba.

Y así es siempre; tarde o temprano los que llegan al poder en nombre de la democracia terminan abrazando la autocracia como razón de vivir. Se convierten en el estado…son todos remedo del Rey Sol.

Y es que las instituciones argentina, en su debilidad y anomia, nunca sirvieron para contener la tendencia egocéntrica del hombre. Que siempre está ahí, es parte de la esencia del ser humano y solo se detiene ante el imperio de la ley que atiende al conjunto y limita al individuo.

Nuestros presidentes no son mejores ni peores como personas que Donald Trump, Emmanuel Macron, Theresa May o Rajoy; lo que los diferencia es el marco legal y de control que deben respetar unos y otros.

Ese que hace que el mandatario norteamericano no pueda firmar un cheque de más de U$S 400.000 sin pedir autorización del Congreso o que la Primer Ministra británica deba concurrir dos veces por mes a rendir cuenta a la Cámara de los Comunes o que las Cortes puedan retirar su voto de confianza al presidente español y obligar al propio Rey a convocar nuevas elecciones. Todos saben que no son Dios y eso los convierte en hombres comunes, más allá de su carácter personal, que no se convierten en amo y señor de los bienes públicos y la vida de los demás.

Por estas horas son muchas las versiones que hablan de un Macri envalentonado que a su manera “también va por todo” después de un comicio que se avecina como triunfal.

Que no se equivoque, que no caiga en la tentación, que no deje de mirarse en el espejo descascarado de sus antecesores ayer todopoderosos y hoy repudiados por gran parte de los argentinos y abandonados por quienes aplaudían ayer todo lo que hacían.

La gloria es efímera y la historia es eterna…