Un acto que muestra a Cristina conciente de su debilidad

(Escribe Adrián Freijo)La historia argentina es rica en ejemplos de presidentes fuertes que vueltos al llano quedaron en absoluta orfandad. Y Cristina sabe que ella no es la excepción.

Muchas veces los sentimientos opacan la capacidad de análisis. Y son tan fuertes y contrapuestos los que ha sabido despertar este tiempo argentino que es muy posible que algo de ello nos esté ocurriendo a todos.

Quienes aman a cristina y ven en ella a la líder revolucionaria que cambió la matriz decadente del país, creyeron ver ayer a una mandataria entera, agresiva hasta el límite y sobre todo capaz de recordar a propios y extraños que después del 10 de diciembre seguirá comandando al heterodoxo conglomerado en que se ha vuelto el peronismo, hasta el punto de poder “decirle” a los trabajadores que cambien sus dirigencias sindicales si no siguen luchando por los “logros” del tiempo kirchnerista.

Es decir una Cristina que tendrá poder suficiente para juzgar y condenar de acuerdo a su personal visión de las cosas.

Los que la rechazan y achican su figura a la de una autoritaria plagada de corruptelas y sólo ocupada en dividir a la sociedad para convertir a “su” mitad en una guardia personal capaz de matar por ella mientras se enriquece hasta la obscenidad y concentra en sus manos los resortes económicos de la Argentina, la Cristina de ayer es la imagen misma de Satanás, capaz de olvidar la gesta de mayo y arrogarse la fundación misma de la nación.

Pero ambos, desde diferentes visiones, la ven fuerte y dominante. Para bien o para mal…

La realidad es muy otra: la imagen crispada y hasta amenazante de la jefa de estado fue ayer clara demostración de una debilidad que, por primera vez, siente que la está rodeando.

En la Argentina no hubo ex presidentes que mantuvieran intacto el poder. El propio Juan Domingo Perón volvió al centro de la escena cuando todos los “peronismo sin Perón” fracasaron.

Sólo entonces, entre fracasadas claudicaciones de caudillejos políticos y sindicales que quisieron quedarse con su movimiento y fracasos reiterados de los gobiernos militares de entonces, la realidad decantó hacia Madrid y el viejo caudillo quedó expuesto como la única solución posible para el desmadre argentino.

Hasta entonces su liderazgo se había limitado a decenas de cartas enviadas desde el exilio, discursos pendulares buscando donde afirmar su estrategia y una clara decisión amasada en su primera etapa madrileña que lo hacía verse más como un político retirado que como un líder popular.

El otro ejemplo citado por estas horas y que es el de Julio Argentino Roca tampoco es como se intenta plantear.

Roca era caudillo de una Argentina distinta, gobernada por una elite conservadora y a espaldas de la gente, que vio en él la garantía de continuidad de los beneficios.

Si Carlos pellegrini no hubiese asustado a esa oligarquía con sus intentos industrializadotes o la debilidad de los mandatarios que cubrieron la etapa entre ambas presidencias del Zorro del desierto no hubiese existido –en un contexto social en el que la clase obrera comenzaba a reclamar tibiamente por sus derechos- seguramente jamás hubiese vuelto al centro de la escena.

Su sentido de pertenencia de clase y su fama de ser un hombre de sablazo fácil, lo consolidaron como líder de un país que ya se estaba muriendo pero que aún mantenía todos los resortes del poder.

Pero ambos, Roca y Perón, padecieron las traiciones, se encaminaban al olvido y vieron licuado un poder que sólo volvió a sus manos por defecciones ajenas y no por virtudes propias.

 

La propia matriz del pensamiento político argentino hace al poder algo apetecible, deseado y por el que cualquier traición es justificable. Y de eso vaya que existen ejemplos en la historia…y sobre todo en el peronismo.

¿Alguien se imagina a Scioli sentado en la Casa Rosada tan sólo esperando que pasen cuatro años para que Cristina vuelva?, ¿y a los jefes distritales del peronismo jugando en contra del que tiene la chequera?.

Absurdo, increíble….nada compatible con el valor “lealtad” tal cual lo entiende el dirigente justicialista.

Y Cristina lo sabe y por eso ayer, sin tomar nota del patetismo de su imagen, habló a los gritos para los propios, que son cada vez menos.

 

El kirchnerismo no existe y nunca existió.

Ha sido, como el herminismo, el cafierismo, el menemismo o el duhaldismo, una expresión acotada de esa melange  ideológica en que se ha convertido el peronismo tras la muerte de su líder y  que a su turno parecieron encarnar la continuidad histórica e inacabable.

Ahora sólo cabe esperar cual será el nuevo “ismo”, quien lo encarnará y cuales serán los mecanismos que utilizará para dejar a cristina al costado del camino y sacarle cualquier sueño de continuidad que pueda estar rondando por su afiebrada cabecita.

Es decir…nada nuevo bajo el sol