Un crimen monstruoso que desnuda una sociedad enferma

Por Adrián FreijoLo ocurrido en Playa Serena se inscribirá en el universo de los crímenes más horrendos que recordemos. Pero también será un ejemplo del grado de enfermedad social.

Vendrán ahora los gritos de los energúmenos, que siempre esconden tras la violencia verbal la impotencia de una sociedad que históricamente necesitó la división en buenos y malos para justificar su peor cara.

Gritos que tratarán de hace olvidar un silencio de décadas en las que se pretendió que quienes prevenían sobre el drama que iba creciendo eran exagerados y se optó, como en tantas otras cosas, por mirar para el costado.

Se clamará por la pena de muerte -sin tener en cuenta que una sociedad inmadura y caprichosa no es el escenario más seguro para impartir con ecuanimidad la justicia-, se estigmatizará a «los chicos de papá», abusando del carácter de ciudadano conocido, profesional exitoso y personaje de prestigio del padre de uno de los monstruos, y por supuesto volverá a reinar el «algo habrá hecho» para poner la lupa de la sospecha, una vez más, sobre la víctima.

Nada de ello nos acercará a la verdad y nada de ello aportará a la solución del verdadero drama. Que no es este crimen sino el genocidio de toda una generación de jóvenes en manos del alcohol, la droga y la falta de ejemplos morales a seguir.

Es cierto, se drogan los «chicos bien» y terminan sus fiestas y trapisondas con aberraciones a las que no podemos encontrar límite. Pero también lo hacen los más sumergios, los excluidos, los que desde la necesidad o el odio buscan evadirse de la realidad y castigar a quienes tienen lo que a ellos les falta.

Y detrás de esas características aparece una zona común que une a unos y otros en la víspera del drama: ni los padres acomodados ni los que padecen privaciones saben en que andan sus hijos y no sospechan que ellos puedan haber caído en el drama de la drogadicción.

Unos por querer tener más y otros por tener que dedicar cada hora útil al esfuerzo de sobrevivir, lo cierto es que cada vez son menos los que buscan y/o logran un espacio común con sus hijos que les permita encontrarse, dialogar y saber hacia donde están ellos encaminando su vida.

La sensación de que apenas traspasada la puerta del hogar ese joven que se retira se convierte en otra persona, desconocida y tantas veces malévola, agranda el abismo generacional que hoy llega a medidas no mensurables por el drama de la diversidad de valores, la carencia de objetivos, el bombardeo comunicacional, la tendencia al aislamiento y al riesgo de relaciones interpersonales no controladas ni chequeadas a través de las redes y tantas otras cosas de este tiempo que dividen a las generaciones como las aguas del Mar Rojo para que Moisés hiciese pasar por él al pueblo judío.

Claro que esta vez no es Dios quien espera en la otra orilla sino el traficante, el abusador y el dueño de la muerte.

Playa Serena ha sido por tanto testigo de otro crimen, uno más, que esconde en su bestialidad el vértice de la degradación a la que llega el ser humano cuando deja de ser sí mismo para liberar, sustancias mediante, a la bestia que todos tenemos en el Leviatán de nuestras vidas.

Y a la que solo se contiene con educación, con objetivos personales y comunes, con diálogo entre generaciones, con sentido de futuro y con premios y castigos que hagan sentir a cada uno de los que comienzan a vivir que es bueno caminar por la vereda del sol y nada se consigue en las sombras.

No entenderlo hará que ninguna lágrima arrope el dolor y ningún castigo sea suficiente para la bestialidad. Aunque todos lloremos un poco el dolor de la familia de Lucía y todos pidamos que los autores de semejante inhumanidad paguen por ella el resto de sus vidas.