Un fallo vergonzoso que muestra la peor cara de la justicia

Por Adrián FreijoLa Corte Suprema provincial dejó en libertad a los autores de un crimen inhumano por prescripción del delito al no tener sentencia firme. La justicia cómplice.

Ariel Villafañe, Juan Alonso y el ex policía Mario Iturralde, quienes fueron considerados autores del asesinato María Eugenia Duobourg de Viera (85), ocurrido el 25 de noviembre de 2004, acaban de recuperar su libertad por orden de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires por considerar que obran en este caso las normas de prescripción que indican que si una condena no está firme se tiene que dar por extinguido el delito  cuando se cumple un plazo de 12 años de dictada.

En mayo de 2007 el Tribunal Oral N°1 impusó a Villafañe una pena de 30 años de prisión, a Iturralde 35 años, a Juan Alonso 33 años, penas que hasta parecieron atenuadas por la crueldad de los hechos, la alevosía aplicada al homicidio y las características de la víctima y sus circunstancias. La mujer estaba en su domicilio, sola e indefensa y fue torturada con saña por los agresores que, al tener intervenido el teléfono celular que habían robado poco tiempo antes en otro violento asalto, no pudieron evitar que la policía escuchase todo lo que estaba ocurriendo en la vivienda en que se desencadenaron los hechos.

Insólitamente los efectivos optaron por no intervenir y esperar que los malvivientes abandonasen el inmueble y, tiroteo mediante, procedieron a detener a dos de ellos. Los otros tres -eran cinco en total pero dos de ellos no están alcanzados por este fallo- cayeron en procedimientos posteriores.

El entonces intendente Daniel Katz exigió la remoción de los jefes policiales de la ciudad, lo que se produjo en forma inmediata.

Queda entonces configuradas la ineptitud y la corrupción que rodean a la fuerza policial: uno de los detenidos (Iturralde) había pertenecido a la misma y los encargados de reprimir el delito se quedaron a la espera de los acontecimientos mientras una mujer de 85 años era torturada y asesinada por estas bestias.

Pero aparece ahora el otro drama de nuestra sociedad y la convicción de que nada podemos esperar de esta guerra en la que jueces, fiscales , políticos y legisladores componen una entente con los criminales a partir de la cual consolidan su poder y dominan los resortes de la vida comunitaria.

¿Puede un país que presuma civilización soportar que trece años después de producirse una condena la misma no esté todavía firme?, ¿se puede pretender otra cosa que no sea la complicidad de la justicia para acortar de facto el castigo a estos criminales?.

Un entramado mugriento, que recorre pasillos tribunalicios, comisarías y despachos del poder, nos ha llevado a esta situación de carencia de todo estado de derecho y vigencia de una impunidad con la que cada día cuesta más convivir. Todos sabemos que es lo que pasa, pero comenzamos a sospechar que las cosas no cambiarán nunca.

Policías involucrados en todo tipo de delitos, fiscales que no impulsan las causas, jueces que las dejan dormir en sus escritorios hasta que todos los plazos se venzan, legisladores que se niegan a corregir los códigos procesales para obligar a que las condenas se cumplan, abogados que hacen del ejercicio de la profesión un himno a las chicanas que sirvan para ganar tiempo y caducar instancias y una prensa inculta y melindrosa que prefiere dar paso a las voces histéricas que exigen más penas, sin comprender que no son los castigos los que fallan sino el cumplimiento de los mismos.

María Eugenia Duobourg de Viera (Memé, para los suyos) era una mujer buena, honesta e integrada a la sociedad en la que vivía. Seguramente las últimas imágenes que vio y los últimos momentos que padeció no eran aquellos para los que se había preparado y de los que bien merecía disfrutar. Cinco bestias la torturaron hasta morir mientras quienes debían cuidarla esperaban tranquilamente que terminasen con su tarea.

Una alegoría de una sociedad que no merece ser vivida y que sigue el camino de todas las que eligen el silencio y el facilismo para hacer valer el «sálvese quien pueda».

Hasta que alguien entre por la fuerza en sus casas y entiendan que están solos…