Un mensaje que hace equilibrio entre el relato y la realidad

Por Adrián FreijoEl presidente y sus compañeros de estrategia debieron enfrentar el momento más difícil de la comunicación oficial. Parados en la mitad del río deben elegir a que orilla dirigirse.

Los tres saben que la emergencia transita su hora más oscura. Crecen los contagios, no se ha conseguido fortalecer el sistema sanitario para afrontar una aceleración y la presión social ante la necesidad de volver al trabajo, en un país en el que sus actores económicos son cada vez menos y deben generar ingresos para sostenerse a sí mismos y a la vez aportar a la manutención de una mayoría parasitaria, dispara urgencias que no entienden de estadísticas, lógicas o principios solidarios que estaban ausentes el día en que el virus resolvió ingresar también a nuestro territorio.

Y sus realidades son distintas. Mientras Horacio Rodríguez Larreta conduce un territorio que desde los tiempos del virreinato se acostumbró a vivir del esfuerzo del interior y que está preparado para aceptar que el problema es de todos y no solo de «los otros»,  Axel Kicillof encara como puede las soluciones que exige una organización provincial macrocefálica que fue pensada en términos electorales en épocas en las que nadie podía suponer un drama sanitario como el que vivimos.

El Jefe de Gobierno porteño quiere apertura rápida; sus caprichosos votantes no aceptan otra cosa y si para ello es necesario que el país quede encarcelado mientras los habitantes de la capital disfrutan de una situación de privilegio da lo mismo. En última instancia los vecinos de las villas y barrios populares son foráneos importados que han llegado para complicar el estilo de vida y los privilegios de un conglomerado que paga los servicios públicos la mitad que el resto de los argentinos y sin embargo los disfruta en cantidad y calidad obscenamente superior al promedio del país. Y nunca habrá una integración real…son «sapo de otro pozo» y punto.

Lo del gobernador provincial es mucho más complicado: gobierna dos provincias distintas que aún frente a la pandemia mantienen realidades diferentes.

El populoso conurbano nada tiene que ver con el interior bonaerense donde los niveles de infección se mantienen controlados y por debajo de los índices internacionales. Pero ocurre que en los tres anillos principales habita más del 50% de los habitantes de Buenos Aires. Vale entonces la aclaración que hizo Kicillof: los cuatro millones de los bonaerenses que viven en el interior constituirían, si se separaran del resto, la provincia más grande de la Argentina.

¿Cómo se maneja un distrito partido en dos, en el que un sector concentra el mayor índice de contagios y muertes del país y el otro casi no ha sido rozado por el drama del COVID-19?. Comienza a aparecer en el horizonte una respuesta inteligente de las autoridades provinciales y que consiste en dar libertad a los intendentes del interior y presionar para que se fortalezca el aislamiento en el AMBA: el índice de contagios es notoriamente superior en la CABA que en el conurbano y una apertura como la que pretende Rodríguez Larreta puede disparar una curva diabólica que acerque los números del tercer cordón a los ya graves del segundo y los aún controlados del primero.

Alberto Fernández navega entre dos aguas. Larreta es el camino hacia la alianza política que supone va a necesitar para transitar la crisis que se viene y Axel concentra -más por necesidad que por convicción- el apoyo de un kirchnerismo que olfatea la aceleración de los tiempos e intenta imponer condiciones para marcar límites a lo que viene. Sabe (el presidente) que la emergencia sanitaria lo dejó sin tiempo para armar un proyecto propio y que el mal humor social por el encierro de hoy puede potenciarse con las estrecheces económicas de mañana; y percibe que el viento está cambiando y que el capital de gracia que acompaña a toda nueva gestión puede estar comenzando a agotarse. ¿Puede recordarse un caso en nuestra historia en el que ese capital haya quedado sujeto a un virus, a una cuarentena y a un listado de enfermos y muertos?…seguramente no.

De todos los mensajes presidenciales durante la crisis este ha sido seguramente el menos efectivo. Tratando de hacer equilibrio el presidente se acercó demasiado a aquella imagen de Groucho Marx con su recordado «estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros». Claro que el genial actor, humorista y escritor no manejaba temas tan delicados como los que le tocan conducir al mandatario.

Si abre la puerta a las diferentes actividades dependerá de que no se disparen los casos. Si ello ocurre la sociedad, la misma que nunca aplaudió a los militares cuando se hicieron por la fuerza del poder ni votó a quienes fracasaron aunque hayan ganado por porcentajes inauditos, lo responsabilizará de todo.

Si por el contrario acentúa la cuarentena y encierra a las personas en su casa, se verá sometido a un doble escrutinio: lo culparán de todas las quiebras (aún las de aquellos que ya venían en falsa escuadra desde hace una década) y lo acusarán de limitar las libertades e instalar un estado policíaco.

Ante estas alternativas sigue teniendo una alternativa: ser un estadista y hacer lo que se debe hacer o ser tan solo un político e intentar el camino que más sirva a sus intereses.

Y para eso no hay filmina que tenga la respuesta…